
Hay ciudades que se construyen con ladrillos, con calles y con edificios. Y hay otras que, además, se construyen sobre planos, decisiones y visiones de futuro. En esa segunda historia de Motril ocupa un lugar propio María Felicidad Montero Pleite, Marifé Montero, la arquitecta que durante más de dos décadas estuvo vinculada al Ayuntamiento y que contribuyó, desde la responsabilidad técnica, a dibujar buena parte del Motril contemporáneo.
Su fallecimiento deja el recuerdo de una profesional que entendió el urbanismo como algo mucho más importante que una suma de parcelas y alineaciones. Para ella, detrás de cada plano estaba una ciudad y, detrás de esa ciudad, las personas que iban a vivirla.
Marifé Montero llegó al Ayuntamiento de Motril en 1980 y asumió la jefatura del Servicio de Urbanismo y Obras Públicas. Fueron años de profundas transformaciones, en los que Motril tuvo que afrontar su crecimiento y ordenar un territorio complejo, marcado por la expansión urbana, la vega, el litoral y la necesidad de dotar a la ciudad de una estructura preparada para las siguientes décadas.
Desde aquella posición participó en la elaboración y revisión de los Planes Generales de Ordenación Urbana de 1980, 1990 y 2003. Tres momentos fundamentales de la planificación de Motril que permiten entender la dimensión de su trayectoria profesional y su estrecha relación con la evolución de la ciudad.
Pero reducir su legado a los documentos urbanísticos sería quedarse en la superficie.
Porque una de las características que definieron su manera de entender el urbanismo fue precisamente la importancia que concedía a escuchar. A los vecinos, a los colectivos sociales, a quienes tenían algo que aportar a la hora de decidir cómo debía crecer una ciudad.
Años después, recordando su experiencia en Motril, defendía la necesidad de que los arquitectos y urbanistas conocieran las necesidades reales de los ciudadanos y fueran capaces de incorporar esas voces a sus proyectos. No concebía la ciudad como un dibujo cerrado sobre un papel, sino como un espacio vivo que debía responder a quienes lo habitaban. Esa mirada explica también que su trayectoria profesional trascendiera pronto las fronteras de Motril.
Después de aquellos años de trabajo municipal, Marifé Montero asumió responsabilidades de creciente relevancia en la Administración andaluza. Fue directora general de Urbanismo y posteriormente viceconsejera de Obras Públicas y Transportes. Más tarde dio el salto a la Administración General del Estado, donde llegó a ocupar la Subsecretaría del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino.
Su carrera continuó después en Andalucía, donde desempeñó nuevas responsabilidades en la Administración autonómica.
Pero, pese a todos esos destinos y cargos, hay una parte de su biografía profesional que inevitablemente conduce de nuevo a Motril.
Aquí comenzó una trayectoria que la llevaría mucho más lejos. Aquí pasó más de veinte años trabajando sobre una ciudad que conocía profundamente. Aquí tuvo que enfrentarse a los problemas cotidianos de una administración y, al mismo tiempo, a la enorme responsabilidad de pensar el Motril que todavía no existía.
Marifé Montero no fue simplemente una arquitecta que trabajó en Motril. Fue una de las profesionales que durante años ayudaron a decidir cómo debía ser Motril.
Su huella no está concentrada en una única obra ni en un edificio que pueda señalarse con el dedo. Está mucho más repartida. Se encuentra en los planes urbanísticos, en las decisiones que ordenaron el crecimiento de la ciudad y en una determinada forma de entender la planificación urbana como servicio público.
Quienes conocieron aquella etapa recuerdan también a una profesional vinculada estrechamente a la vida municipal y a una mujer que hizo del conocimiento de la ciudad una de sus principales herramientas de trabajo.
Con su marcha desaparece una figura importante de la historia urbanística reciente de Motril. Una mujer que comenzó trabajando desde un despacho municipal y que terminó ocupando responsabilidades de primer nivel en Andalucía y en España, pero que nunca dejó de tener en su trayectoria aquel punto de partida.