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Hay un día en Granada en el que las campanas parecen sonar de otra manera. Un día en el que las calles se despiertan más temprano, en el que el aroma del romero y de los altares engalanados se mezcla con la memoria de generaciones enteras. Es el jueves del Corpus, el día grande de una ciudad que, fiel a una tradición secular, sale al encuentro del Santísimo Sacramento con el respeto, la devoción y el fervor que han heredado padres, abuelos y bisabuelos.
Granada se reconoce a sí misma en ese cortejo solemne que avanza por sus calles. Se reconoce en las colgaduras de los balcones, en las mantillas, en los sones de las bandas y en la emoción contenida de quienes esperan el paso de la Custodia bajo el cielo luminoso de junio. Porque el Corpus no es sólo una procesión; es una manera de entender la ciudad, una expresión de su alma y una manifestación pública de fe que atraviesa los siglos.
Pocos lugares conservan con tanta autenticidad la esencia de aquella antigua solemnidad. Desde la Catedral hasta las calles del centro histórico, Granada se transforma en un templo abierto. El murmullo habitual deja paso al recogimiento y, por unas horas, la ciudad parece caminar al compás de una tradición que hunde sus raíces en la propia historia del Reino de Granada.
Los granadinos saben que el Corpus no se explica, se siente. Lo siente quien madruga para ocupar un rincón privilegiado en la carrera procesional; quien recuerda de niño la mano de su abuelo señalando la Custodia entre la multitud; quien contempla emocionado el paso del Santísimo mientras repican las campanas de la Catedral y el incienso perfuma el aire. Lo siente la ciudad entera, creyentes y amantes de sus tradiciones, porque el Corpus pertenece al patrimonio sentimental de Granada.
Y cuando la Custodia aparece, resplandeciente, portando a Cristo Sacramentado, Granada vuelve a ser aquella ciudad que, desde hace siglos, detiene su pulso cotidiano para rendir homenaje a quien considera Señor de su historia. Es entonces cuando el silencio se convierte en oración y el fervor popular alcanza su máxima expresión.
Por eso, cuando se afirma que hay tres jueves en el año que relucen más que el sol, los granadinos saben que ninguno brilla con tanta intensidad como el del Corpus. Porque en ese día no sólo reluce el oro de la Custodia, ni la belleza de las calles adornadas, ni la alegría de las fiestas. Lo que verdaderamente resplandece es el alma de Granada, orgullosa de sus raíces, fiel a su historia y emocionada ante una de las tradiciones más hermosas y profundas de cuantas atesora.
Y mientras la Custodia regresa a la Catedral entre los ecos de los himnos y el repique jubiloso de las campanas, la ciudad sabe que ha vivido, una vez más, el milagro de reencontrarse consigo misma. Porque Granada podrá cambiar con los tiempos, pero mientras llegue junio y el Corpus vuelva a recorrer sus calles, seguirá latiendo con la misma fe, la misma emoción y el mismo amor que la han acompañado durante siglos.