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Fotos Ramón Martín (Motril Digital)
RL Sánchez.- Kiki Morente, Lagartija Nick e Israel Galván abrieron en el Generalife la celebración del 30 aniversario de una obra que nació incómoda y que hoy llena el teatro durante sus tres noches de representación. Soleá y Estrella Morente aparecieron en la recta final para convertir el estreno granadino en un asunto de familia.
El primer golpe de batería dejó claro que aquello no venía embalsamado. ‘Omega’ regresó este jueves al Teatro del Generalife con treinta años a la espalda, pero sin la menor intención de comportarse como una pieza de museo. El escenario se llenó de guitarras, palmas, percusión, teclados y electricidad mientras una obra que en 1996 desconcertó a muchos volvía a plantarse en Granada con las entradas agotadas. No solo para esta primera noche: tampoco quedan localidades para las funciones del viernes y el sábado.
Era difícil escapar de la sombra de Enrique Morente. Más aún si quien se coloca ante el micrófono es su hijo. Kiki Morente resolvió la papeleta evitando precisamente el camino más fácil: no intentó reproducir una voz que no puede —ni debe— repetirse. Hay ecos inevitables, claro. Están en el fraseo, en una determinada manera de atacar las palabras, incluso en algunos silencios. Pero Kiki cantó desde su propio lugar y desde su tiempo, con una voz más joven y más física, capaz de abrirse paso entre el aparato eléctrico de Lagartija Nick sin quedar sepultada bajo él.
Lagartija Nick, por su parte, no ejerció ni de banda de acompañamiento ni de custodio sentimental del repertorio. Juan Codorníu, Antonio Arias y compañía levantaron ese muro de guitarras que sigue siendo una de las razones por las que ‘Omega’ conserva intacta su fuerza. El bajo pesó, la batería empujó y los teclados de Juan José Machuca añadieron nuevas capas a las canciones que las necesitaban.
Porque ‘Omega’ necesita que Lorca choque contra una guitarra distorsionada, que Leonard Cohen se encuentre con una soleá y que una voz flamenca tenga que pelear cada palabra frente a un escenario cargado de decibelios. Ahí sigue residiendo su rareza. Y ahí se entiende por qué, treinta años después, continúa sonando menos domesticado que buena parte de la música que se hace hoy.
La entrada de Israel Galván terminó de romper cualquier tentación de concierto convencional. Su baile no acompañó a la música: discutió con ella. Golpes secos, torsiones, silencios y ese lenguaje corporal suyo, imposible de confundir, convirtieron varios pasajes en una suerte de enfrentamiento físico entre el cuerpo y el ruido. ‘Niña ahogada en el pozo’ y los territorios más sombríos del repertorio encontraron ahí una nueva dimensión.
El espectáculo recuperó casi por completo el universo del álbum e incorporó piezas que quedaron fuera de aquella grabación. Su estructura se construye alrededor de los distintos encuentros que dieron origen al disco: Morente con Cohen, Morente con Lagartija Nick, Morente con Lorca. La producción ha querido sumar ahora otra mirada, la de Kiki desde 2026, no para corregir aquello, sino para seguir moviéndolo.
La sucesión de ‘Manhattan’, ‘La aurora de Nueva York’, ‘Sacerdotes’ o ‘Solo del pastor bobo’ volvió a demostrar hasta qué punto el disco admite los extremos. Puede pasar del estruendo a quedarse casi desnudo sin perder su identidad. Y fue precisamente en esos momentos de menor volumen donde Kiki respiró mejor y donde apareció con mayor claridad el cantaor, por encima del peso inevitable del apellido.
Antonio Arias siguió ocupando el otro extremo del cable. Su presencia mantiene una conexión directa con aquella criatura de 1996, aunque las guitarras sonaron en presente. David Fernández golpeó la batería como si todavía hubiera algo que demostrar, y el conjunto instrumental —guitarras flamencas, percusión, coros, palmas y teclados— evitó que el espectáculo se redujera al simple choque entre rock y flamenco. Esa frontera hace ya mucho tiempo que quedó superada.
El público llenaba el Generalife y sabía perfectamente a qué venía. La expectación se palpaba antes del comienzo y fue creciendo a medida que el espectáculo se acercaba a su último tramo.
Entonces apareció Soleá Morente. Lo hizo casi al final, para compartir con Kiki ‘Pequeño vals vienés’. El escenario cambió de temperatura. No hizo falta forzar sentimentalismos ni convertir aquello en una ceremonia familiar. La canción y sus voces hicieron el trabajo.
Pero todavía faltaba una voz. Estrella Morente salió para interpretar ‘Omega’. Y ahí terminó de cerrarse el círculo.
Kiki, Soleá y Estrella, juntos sobre el escenario del Generalife, cantando el título que treinta años atrás ayudó a dinamitar unas cuantas fronteras que parecían sagradas. El público se puso en pie. Aquel final había acumulado suficiente electricidad como para hacer imposible permanecer sentado.
Durante años se explicó ‘Omega’ como un disco adelantado a su tiempo. Tal vez esa frase se haya quedado corta. Lo verdaderamente extraño es que, treinta años después, el tiempo todavía no haya conseguido alcanzarlo.