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Granada.- Festival de trofeos en el Corpus: siete orejas y una plaza en pie ante Morante, El Fandi y Aguado

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Granada.- Festival de trofeos en el Corpus: siete orejas y una plaza en pie ante Morante, El Fandi y Aguado

Por redacción MotrilDigital - 7 de junio de 2026Actualizado: 7 de junio de 2026

Reportaje Paulino Martínez Moré (Motril Digital)

La corrida del Corpus dejó un balance de siete orejas en los esportones y una plaza rendida al toreo. Morante de la Puebla abrió el capítulo de trofeos con una oreja del primero y se marchó de vacío en el cuarto; El Fandi volvió a ejercer de ídolo local sumando una oreja en su primero y un rotundo doble premio en el quinto; mientras que Pablo Aguado, en una tarde de inspiración y delicadeza, paseó un trofeo de cada uno de sus toros. Un reparto de apéndices que premió la variedad de registros y las distintas formas de entender el toreo en una tarde de gran ambiente en la Monumental de Frascuelo. Morante y El Fandi salieron a hombros por la puerta grande.

El primero abrió plaza con más teclas que armonía en los primeros compases, pero aquello fue sólo una falsa alarma. Cuando se asentó la cosa, Morante le echó el compás y empezó a mecer los vuelos con esa parsimonia de quien conoce todos los secretos del cante. El de La Puebla le fue sacando el son y, ya en los medios, el toro rompió hacia delante con alegría y clase. Ahí se armó el taco. Hubo empaque, gusto y ese toreo de las muñecas dormidas que parece no costar trabajo. La faena fue tomando temperatura hasta desembocar en un final de quilates, con un pase por alto enlazado con un circular que puso a la plaza boca abajo. La espada cayó donde mandan los cánones y, aunque el respetable pidió con fuerza el doble trofeo, todo quedó en una sola oreja.

El segundo llevó el sello inconfundible de El Fandi. El granadino salió a su plaza como quien vuelve al patio de su casa. Desde el saludo capotero hasta el tercio de banderillas, aquello fue un festival de recursos y de facultades. La parroquia, entregada, jaleaba cada embroque mientras el de Granada hacía sonar la música de sus palos. Con la muleta entendió pronto que al astado le faltaba gasolina y, lejos de empeñarse en guerras perdidas, decidió poner la carne en el asador con un final de traca que levantó al tendido de sol. La espada fue una bala y la bronca al palco, por negar el segundo premio, casi llegó hasta la calle.

El tercero salió con querencias de andar por libre, pero cuando Pablo Aguado se quedó a solas con él en los medios, el animal enseñó el fondo que llevaba dentro. El sevillano, sin prisas ni aspavientos, se puso a bordar el toreo con cadencia y una suavidad que parecía cosida a mano. El pitón izquierdo fue una fuente de inspiración y allí aparecieron los muletazos de seda. Cuando el toro buscó las vueltas y se metía por dentro, Aguado respondió con serenidad y detalles de mucha personalidad. La rúbrica llegó con remates por alto y molinetes muy de su firma. Una oreja vino a reconocer una labor de mucho pellizco.

El cuarto tenía la querencia clavada en tablas y las ideas más fijas que un reloj parado. Pero Morante, que para estos líos tiene doctorado, le montó una madeja de torería desde el primer instante. Entre idas y venidas y las huidas del animal, el genio de La Puebla fue hilvanando una obra de mucha inteligencia. Sentado en el estribo arrancó un prólogo de cartel antiguo y, cuando el toro buscó refugio en terrenos de chiqueros, allí mismo se fue detrás para seguir mandando. Más convenciendo que obligando, le robó naturales de gran sabor y acompañó las embestidas con ese andar torero que no se aprende en ninguna escuela. Los aceros enfriaron una faena que había tenido mucho perfume.

El quinto salió como un tren descarrilado y puso la plaza en pie desde el caballo. El Fandi encendió la mecha con todo su repertorio y entonces llegó uno de esos momentos que quedan para el recuerdo. Morante se sumó a la fiesta de los palitroques y después fue Aguado quien salió del burladero para unirse al juego. Aquello pareció una estampa en blanco y negro de otros tiempos, con tres toreros disfrutando del toro y el público metido de lleno en la faena. El granadino, entre la locura colectiva, se echó de rodillas en los medios y armó un auténtico tangai. El animal terminó rajándose antes de tiempo, pero para entonces la plaza era una caldera. La espada cayó arriba y los pañuelos inundaron los tendidos. Dos orejas mientras algunos hasta soñaban con el rabo.

Y llegó el sexto. Más reservón y con menos recorrido que sus hermanos, pero con un pitón derecho que guardaba tesoros para quien supiera encontrarlos. Aguado se ensimismó en sí mismo, ajeno al ruido, toreando desde dentro, muy encajado y con la barbilla apuntando al horizonte. Todo tenía un aire íntimo, como si el sevillano estuviera hablándole al toro en voz baja. Los trincherazos salieron con sabor de pintura antigua y el cierre, toreando con las dos manos, rezumó torería por los cuatro costados. Se notaba a un hombre feliz delante de la cara del toro. La media estocada bastó para echarlo y la plaza respondió con una oreja más. Sonaba la música de la alegría y Pablo Aguado salía de Granada con una tarde cosida al recuerdo.

Así transcurrió una tarde de Corpus en la que hubo torería, emociones y un puñado de estampas de esas que se guardan en la memoria de los aficionados. Porque cuando el toro embiste y los toreros se abandonan al compás de la inspiración, Granada siempre acaba teniendo algo de fiesta mayor.