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Granada: Desde Santa Escolástica, la lección eterna de la Santa Cena recorre la ciudad

Reportaje Ramón Martín (Motril Digital)

No hace falta que nadie lo anuncie. Granada lo percibe. Hay un instante en la tarde del Domingo de Ramos en el que el ritmo cambia, en el que el bullicio se vuelve pausa y la mirada se afina. Es justo ahí cuando la Santa Cena empieza a abrirse paso.

Desde Santa Escolástica, con ese poso clásico que da la historia, emerge uno de los misterios más complejos y, a la vez, más elocuentes de cuantos pisan la ciudad. No es un paso cualquiera. Es la escena. Es el momento exacto en el que todo cambia: el pan se parte, el vino se comparte y la historia de la salvación toma forma definitiva.

El Señor preside la mesa con la serenidad del que sabe lo que va a venir. A su alrededor, los apóstoles parecen hablar, discutir, preguntarse… como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante eterno. Y Granada, al verlo pasar, no solo mira: entiende. Porque la Santa Cena no necesita explicaciones; es catequesis viva, es Evangelio andando entre la gente.

El paso avanza con esa elegancia que solo tienen las cofradías que saben lo que representan. Sin prisas, sin estridencias, con la solemnidad justa. Y en cada rincón del recorrido, el murmullo se transforma en respeto. Aquí no hay sorpresa: hay admiración.

Después, como si la escena necesitara reposo, aparece María Santísima de la Victoria. Su palio pone orden a las emociones, templa el ambiente y ofrece ese consuelo sereno que siempre llega tras la grandeza del misterio. Es Madre y es equilibrio, es dulzura tras la enseñanza.

La Santa Cena no es una cofradía de impacto inmediato. Es de las que se quedan dentro. De las que obligan a pensar, a mirar más allá del paso, a entender que lo que ocurre en la calle tiene un significado más profundo. Y quizá por eso, cuando pasa, Granada no solo observa: medita.

Porque en esa mesa abierta al mundo, en ese gesto sencillo de compartir el pan, está la clave de todo lo que vendrá después. Y la ciudad, consciente o no, lo sabe.

Así es la Santa Cena: solemne, profunda y necesaria. La que enseña, en mitad de la tarde, que la Semana Santa también se comprende.