
Foto Casa de SM el Rey
EDITORIAL (Motril Digital).- La reunión de Felipe VI con Margarita Robles y la cúpula militar no parece un acto de protocolo. En plena controversia sobre qué se sabía de la crisis de Ceuta, el jefe del Estado ha querido conocer la situación desde la perspectiva de quienes tienen la responsabilidad directa de la defensa.
Hay fotografías que dicen más que un comunicado.
La imagen de Felipe VI, vestido con uniforme militar, sentado en Zarzuela junto a la ministra de Defensa, Margarita Robles, el JEMAD, responsables de la estructura operativa de las Fuerzas Armadas y el comandante general de Ceuta es una de ellas.
La Casa del Rey ha explicado que el objetivo de la reunión era examinar la situación de Ceuta «desde el punto de vista de la defensa». Formalmente, nada extraordinario: el Rey es capitán general de los Ejércitos y la Constitución le atribuye el mando supremo de las Fuerzas Armadas.
Pero la política no se interpreta solamente por lo que dicen los comunicados. También por quién se reúne con quién, cuándo lo hace y qué imagen decide hacer pública.
Y esta reunión llega en un momento extraordinariamente delicado.
España todavía intenta aclarar qué ocurrió durante la entrada masiva de decenas de miles de personas en Ceuta a finales de julio. El Gobierno ha decidido desclasificar documentación del CNI, de la inteligencia militar, de la Policía y de la Guardia Civil para demostrar que el Ejecutivo no recibió una advertencia que anticipara la magnitud de lo ocurrido. Al mismo tiempo, existen informes y actuaciones judiciales que apuntan a una interpretación diferente de los acontecimientos.
Y es precisamente en medio de esta disputa sobre la información cuando Felipe VI hace algo que merece atención: no se limita a escuchar a un ministro.
Convoca a la ministra de Defensa y, junto a ella, a quienes están situados en los niveles superiores de la cadena militar que conocen la situación operativa de Ceuta.
Eso cambia el significado de la reunión.
No sabemos qué preguntas hizo el Rey ni qué respuestas recibió. Sería irresponsable inventarlo.
Pero sí podemos observar la composición del encuentro.
Si se tratara exclusivamente de una audiencia institucional, habría bastado con recibir a Margarita Robles. Si se tratara únicamente de una cuestión política, habría sido suficiente con una reunión con el Gobierno.
Sin embargo, están presentes los máximos responsables militares relacionados con la defensa y las operaciones.
Es decir: el Rey no parece querer quedarse únicamente con la valoración política de la situación. Quiere escuchar también la valoración profesional y operativa de los militares.
No significa necesariamente que desconfíe del Gobierno. Significa algo más sencillo y, a la vez, más importante: ante una cuestión que afecta directamente a la seguridad nacional, quiere disponer de información de primera mano.
Y eso es perfectamente coherente con su posición constitucional.
La cuestión adquiere una dimensión especial porque el propio Gobierno está intentando reconstruir ahora qué información recibió y cuándo la recibió.
Resulta inevitable preguntarse: ¿por qué esta revisión de la situación defensiva de Ceuta tiene que producirse ahora, y por iniciativa del jefe del Estado, cuando la dirección de la defensa corresponde ordinariamente al Gobierno?
No hay que convertir esa pregunta en una acusación. Pero tampoco hay que ocultarla.
La reunión no demuestra que Pedro Sánchez desconociera información relevante. Tampoco demuestra que el Rey haya perdido confianza en el presidente.
Pero sí introduce un elemento políticamente incómodo para La Moncloa.
Porque mientras el Gobierno trata de explicar qué sabía y qué no sabía, el jefe del Estado aparece reunido con la ministra de Defensa y con la cúpula militar para conocer directamente la situación de Ceuta.
La pregunta que surge es inevitable:
¿Por qué no había promovido antes el propio Gobierno una reunión de estas características?
No porque el Rey tenga que sustituir al Ejecutivo. No porque pueda asumir unilateralmente la dirección política de la defensa. Sino porque, si la situación era suficientemente grave como para requerir la atención del jefe del Estado, también lo era —y lo es— para el Gobierno que dirige la defensa nacional.
La fotografía no acusa a Sánchez.
Pero sí le coloca delante de un espejo.
Hay otra consecuencia política que quizá sea todavía más interesante.
Margarita Robles llevaba semanas atrapada en una situación incómoda. Las versiones sobre lo que se sabía antes de la crisis de Ceuta han abierto discrepancias entre distintos departamentos del Gobierno. Interior ha defendido una determinada interpretación, mientras Defensa ha quedado asociada a otra visión de las alertas y de la información disponible.
En ese contexto, Robles podía acabar apareciendo como una ministra aislada dentro del Ejecutivo.
La reunión de Zarzuela modifica esa imagen.
Ahora la ministra de Defensa aparece públicamente sentada junto al Rey y junto a los máximos responsables militares del Estado.
No significa que esos militares hayan respaldado públicamente la versión de Robles. No lo sabemos.
Pero sí significa que Robles vuelve a ocupar el lugar institucional que le corresponde: el de responsable política del Ministerio de Defensa, interlocutora del jefe del Estado en materia militar y miembro del Gobierno directamente vinculada a la defensa de Ceuta.
Y eso, políticamente, es importante.
Hay además una razón histórica para que el uniforme del Rey tenga una carga que no puede ignorarse.
España ya vivió una situación en la que la continuidad constitucional quedó gravemente amenazada y en la que el entonces Rey, Juan Carlos I, desempeñó un papel decisivo para desactivar el golpe de Estado del 23-F. La experiencia de 1981 forma parte de la memoria institucional de la Corona y de las Fuerzas Armadas.
No estamos, ni remotamente, ante una situación comparable.
Pero el precedente ayuda a entender por qué la figura del Rey como capitán general no es una mera decoración constitucional.
La diferencia es fundamental: en una democracia parlamentaria, el Gobierno dirige la defensa y el Rey no dispone de un poder militar autónomo para gobernar por encima del Ejecutivo.
Pero eso no convierte al Rey en un convidado de piedra.
Puede recibir información, mantener contacto con los mandos militares, conocer directamente una situación de seguridad y ejercer la autoridad institucional que le corresponde.
Y cuando una cuestión afecta a la integridad territorial, esa función adquiere una importancia especial.
Por eso creo que sería un error interpretar la reunión simplemente como un gesto de firmeza frente a Marruecos.
El mensaje más profundo puede ser otro:
Ceuta es una cuestión de Estado.
Y si es una cuestión de Estado, no pertenece exclusivamente a un ministerio, a un partido ni a una coyuntura política.
Pertenece a España.
La presencia simultánea del Rey, la ministra de Defensa y la cúpula militar transmite precisamente esa idea: la defensa de Ceuta forma parte de las responsabilidades permanentes del Estado, más allá de las disputas políticas del momento.
Ese mensaje puede tener además una lectura exterior. La reunión se produce después de una crisis de enorme magnitud y en un contexto en el que las relaciones con Marruecos están inevitablemente bajo escrutinio. La propia publicación de la imagen del Rey uniformado tiene una dimensión comunicativa evidente.
Pero la señal más importante quizá sea interna.
Es una señal dirigida a los ceutíes.
Y también a las propias instituciones.
Hay una pregunta que todavía no tiene respuesta pública:
¿Qué información recibió Felipe VI de los mandos militares?
Esa es la verdadera incógnita.
Porque si la reunión fue simplemente informativa, estaremos ante una actuación institucional normal aunque poco habitual.
Pero si el Rey quiso contrastar directamente qué ocurrió, qué información circuló por la cadena militar, qué medios había disponibles, qué decisiones se adoptaron y qué escenarios se contemplan para el futuro, entonces la reunión adquiere otra dimensión.
No porque el Rey esté asumiendo las funciones del Gobierno.
Sino porque el jefe del Estado estaría ejerciendo de manera particularmente activa una de las responsabilidades que la Constitución le atribuye: mantener contacto directo con la estructura militar del Estado y conocer una cuestión esencial para la defensa nacional.
Y eso, en este momento concreto, no es un asunto menor.
La política española está acostumbrada a interpretar cada gesto de la Corona como un mensaje.
Esta vez quizá deberíamos mirar menos el uniforme y más la mesa.
Porque lo verdaderamente significativo no es que Felipe VI aparezca vestido de capitán general.
Lo verdaderamente significativo es que haya querido sentar en la misma mesa a la ministra de Defensa y a quienes tienen la responsabilidad militar directa sobre Ceuta para conocer de primera mano la situación.
Eso no convierte al Rey en gobernante ni permite afirmar que esté enfrentándose al Ejecutivo.
Pero sí recuerda algo que a veces se olvida: la Corona tiene una función constitucional en materia de defensa y el Rey no necesita limitarse a recibir la versión política de los acontecimientos cuando está en juego una cuestión esencial para la seguridad del Estado.
Y aquí aparece la paradoja para Pedro Sánchez.
El Gobierno está intentando cerrar la discusión sobre qué ocurrió en Ceuta mediante la publicación de documentos.
El Rey, en cambio, parece haber optado por otra vía: escuchar directamente a quienes estaban en la cadena militar de responsabilidad.
Quizá sea una simple coincidencia institucional.
Quizá sea simplemente prudencia.
Pero políticamente produce un efecto imposible de ignorar:
Felipe VI recupera protagonismo; Margarita Robles recupera centralidad; las Fuerzas Armadas recuperan voz institucional; y el Gobierno queda obligado a explicar por qué esta fotografía ha sido necesaria precisamente ahora.
En política, a veces lo más elocuente no es lo que se dice.
Es quién escucha directamente a quién.