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Una piel de 7.000 años hallada en Albuñol destapa un sorprendente vínculo genético con una cabra asturiana actual

Por redacción MotrilDigital - 6 de noviembre de 2026Actualizado: 6 de noviembre de 2026

Foto ayuntamiento de Albuñol

La Cueva de los Murciélagos de Albuñol vuelve a demostrar que guarda auténticos tesoros de la Prehistoria. Una investigación internacional ha conseguido extraer y analizar el ADN antiguo de una piel de cabra de aproximadamente 7.000 años de antigüedad, un hallazgo excepcional que no solo aporta información sobre los primeros animales domésticos del sur de la península ibérica, sino que también ha permitido descubrir una sorprendente conexión genética con una raza caprina que todavía se conserva en Asturias: la Cabra Bermeya.

El estudio, en el que han participado investigadores de universidades españolas e irlandesas, entre ellas la Universidad de Alcalá, el University College Dublin, Trinity College Dublin, Durham University, la Universidad de Córdoba y la Universidad de Granada, ha confirmado que los restos pertenecen a una hembra de cabra doméstica (Capra hircus). Su perfil genético presenta una mayor proximidad a las poblaciones caprinas europeas que a la cabra montés ibérica, una especie salvaje que habitaba la península antes de la expansión de la ganadería.

Pero uno de los resultados más llamativos aparece al comparar su ADN con el de las razas actuales. Los investigadores han encontrado una afinidad genética especialmente destacada con la Cabra Bermeya, una raza autóctona asturiana cuya conservación depende hoy del trabajo de criadores y asociaciones especializadas. Esta semejanza apunta a la existencia, hace miles de años, de poblaciones caprinas con una ascendencia relacionada con la diversidad genética de algunas razas europeas actuales.

Los científicos, no obstante, advierten de que esto no significa que la raza Bermeya descienda directamente del animal encontrado en Albuñol. Lo que revela el estudio es una conexión genética que podría remontarse a poblaciones caprinas compartidas y cuya evolución todavía necesita ser investigada mediante nuevos análisis arqueológicos.

Una pieza excepcional de la Prehistoria granadina

La importancia del descubrimiento no reside únicamente en su antigüedad. Los fragmentos de piel conservados en la cueva mantienen todavía pelo en una de sus caras y presentan señales inequívocas de manipulación humana. Entre ellas destacan cuatro perforaciones realizadas intencionadamente, además de evidencias de que el material fue sometido a un proceso de curtido.

Su datación por radiocarbono sitúa la pieza en los primeros momentos del Neolítico en el sur peninsular, hace alrededor de 7.000 años. Por sus características y el contexto arqueológico en el que apareció, los investigadores consideran que pudo formar parte de un ajuar funerario, lo que abre también una ventana a las prácticas y costumbres de las comunidades que habitaron este territorio.

El análisis permitió recuperar incluso ADN humano antiguo asociado a la superficie de la piel, probablemente procedente del contacto de las personas que la manipularon. Un detalle que refuerza la hipótesis de que no se trata de un resto animal sin más, sino de un objeto trabajado y utilizado por los seres humanos antes de terminar depositado en la cueva.

Otro dato significativo es la ausencia de afinidad genética con poblaciones caprinas africanas. Esta circunstancia contrasta con lo que sucede en algunas razas españolas actuales y apunta a que la influencia genética africana en las cabras ibéricas pudo incorporarse en etapas posteriores al Neolítico antiguo.

Una ventana genética abierta hace siete milenios

El hallazgo tiene también una enorme relevancia científica por las condiciones en las que se ha conservado. Recuperar ADN antiguo en tejidos orgánicos de zonas cálidas y secas supone un desafío, ya que las altas temperaturas suelen acelerar su degradación. Sin embargo, la piel de Albuñol ha mantenido información genética suficiente para realizar un análisis del genoma nuclear después de más de siete milenios.

De hecho, constituye uno de los registros más antiguos de ADN nuclear recuperado de tejido seco fuera de entornos de permafrost, congelación o alta montaña.

Las condiciones excepcionales de la Cueva de los Murciélagos han permitido conservar materiales orgánicos que difícilmente sobreviven en otros yacimientos arqueológicos. Además de pieles, en su interior se han preservado fibras vegetales, madera, cestería e incluso insectos. Restos que ofrecen información fundamental para reconstruir la vida cotidiana de las primeras comunidades agrícolas y ganaderas.

La investigación se enmarca en los proyectos MUTERMUR y MUTERMUR 2.0, centrados en profundizar en el conocimiento de este enclave arqueológico granadino y financiados por la Comunidad de Madrid y la Universidad de Alcalá.

Siete mil años después, una pequeña pieza de piel conservada en Albuñol permite reconstruir parte de la historia de la domesticación animal en Europa y establecer conexiones inesperadas entre las comunidades neolíticas del sur peninsular y algunas razas ganaderas que todavía forman parte de nuestro patrimonio.