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La Feria de Motril cuando enciende sus luces, el Cortijo del Conde se transforma en el corazón de la fiesta

10 Agosto, 2026

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La Feria de Motril cuando enciende sus luces, el Cortijo del Conde se transforma en el corazón de la fiesta

Por redacción MotrilDigital - 10 de agosto de 2026Actualizado: 10 de agosto de 2026

Reportaje Paulino Martinez Moré (Motril Digital)

Hay lugares que, durante unos días al año, adquieren una dimensión diferente. El Cortijo del Conde es uno de ellos cuando llega la Feria de Motril. El recinto se transforma y se convierte en un espacio de encuentro, diversión y convivencia en el que conviven generaciones, costumbres y nuevas formas de entender la fiesta.

Desde que se accede al ferial, la sensación es inmediata. Las luces, el movimiento de las atracciones, la música y el continuo ir y venir de familias y grupos de amigos dibujan un paisaje que forma parte ya del imaginario colectivo de los motrileños. La feria se reconoce antes incluso de verla: se escucha a distancia.

Y es precisamente el sonido uno de sus elementos más característicos. Cada atracción parece competir por hacerse un hueco en esa particular banda sonora del recinto. Música, avisos, efectos sonoros, motores, campanas, voces y gritos de emoción se superponen en una mezcla tan intensa como inconfundible. Los altavoces funcionan a pleno rendimiento, reclamando la atención de quienes pasean y tratando de convencerles de que ha llegado el momento de subir.

En el apartado de las atracciones, la oferta vuelve a reunir a públicos de todas las edades. Los más pequeños encuentran sus propios espacios de diversión, con propuestas pensadas para despertar su imaginación y proporcionarles sus primeras experiencias como auténticos protagonistas de la feria. Para ellos, cada vuelta, cada subida y cada pequeño sobresalto constituye toda una aventura.

Los jóvenes, por su parte, buscan emociones diferentes. Las atracciones más vertiginosas ponen a prueba el valor y ofrecen buenas dosis de adrenalina con giros, alturas, velocidad y movimientos capaces de arrancar gritos incluso a los más atrevidos. La feria se convierte así en un lugar donde experimentar sensaciones intensas y compartirlas después entre amigos.

Pero junto a las propuestas más modernas permanecen aquellas atracciones que forman parte de la memoria de varias generaciones. Han evolucionado, incorporado nuevas tecnologías, renovado su imagen y adaptado sus sistemas de funcionamiento, pero conservan una esencia reconocible. Son, en muchos casos, las mismas atracciones en las que disfrutaron nuestros padres y nuestros abuelos.

Ahí reside una de las grandes particularidades de la feria: su capacidad para renovarse sin perder sus señas de identidad.

Porque no todo lo que funciona en una feria necesita ser nuevo. Hay experiencias que han demostrado su vigencia precisamente porque forman parte de la tradición. Los aparatos de siempre continúan encontrando su público y permiten que una misma atracción sea disfrutada por diferentes generaciones, aunque cada una la recuerde desde una perspectiva distinta.

Mientras las atracciones concentran buena parte de la atención de los visitantes, las casetas aportan al recinto otra dimensión igualmente importante. Son los grandes puntos de encuentro de la feria. Allí se reúnen familiares y amigos alrededor de una mesa, se comparten comidas y bebidas, se prueban las especialidades de la casa y se prolongan conversaciones que, en muchas ocasiones, terminan acompañadas por música y actuaciones en directo. Las casetas son, en definitiva, espacios para quedarse.

Frente al carácter dinámico y vertiginoso de las atracciones, ofrecen la posibilidad de sentarse, conversar, comer, escuchar música y disfrutar de la noche sin prisas. Son también lugares donde se producen reencuentros y donde la feria adquiere ese marcado carácter social que la convierte en mucho más que una sucesión de actividades.

Y si algo termina de completar el paisaje del Cortijo del Conde es la iluminación. Cuando cae la noche, el recinto cambia por completo. Miles de luces dibujan siluetas, contornos y movimientos, mientras las atracciones se convierten en grandes estructuras luminosas que cambian constantemente de color. El conjunto ofrece una imagen espectacular: un mosaico de luces que convierte la oscuridad en un escenario vivo y en permanente movimiento.

Desde cualquier punto del recinto se percibe esa combinación de colores, música y movimiento. Las luces atraen las miradas, las atracciones invitan a participar y las casetas prolongan la estancia. Todo parece estar diseñado para mantener al visitante en movimiento, descubriendo un rincón más, una atracción diferente o una nueva propuesta gastronómica.

Pero la verdadera dimensión de la Feria de Motril no se encuentra únicamente en aquello que ofrece el recinto. Está también en las personas que lo ocupan.

En los niños que esperan impacientes su turno. En los adolescentes que convierten cada atracción en un reto. En los padres que acompañan, observan y recuerdan sus propias experiencias. En los abuelos que contemplan cómo la feria que ellos conocieron continúa formando parte de la vida de sus familias.

Porque la feria es también una cuestión de memoria. Cada generación llega al Cortijo del Conde con sus propias referencias, pero todas terminan compartiendo un mismo escenario. Lo que para unos es una novedad, para otros puede ser un recuerdo. Una atracción puede despertar la memoria de una infancia, una canción puede devolver una noche de hace décadas y un determinado olor puede transportar de inmediato a aquellas ferias de otros tiempos. En ese diálogo entre pasado y presente reside buena parte del encanto de la fiesta.

La Feria de Motril ha cambiado, como también lo ha hecho la sociedad. Las atracciones son más sofisticadas, la iluminación más espectacular, los sistemas de sonido más potentes y las propuestas de ocio más variadas. Sin embargo, el espíritu esencial permanece: salir, encontrarse, disfrutar y compartir.

Durante unos días, el Cortijo del Conde se convierte en un punto de reunión para toda la ciudad. Un lugar donde caben la tradición y la modernidad, la tranquilidad de una cena en familia y la emoción de una atracción vertiginosa, la música de una caseta y el estruendo de los aparatos, la ilusión de los niños y la nostalgia de quienes llevan muchos años viviendo la feria.

Y cuando llega la noche, las luces vuelven a encenderse, los altavoces elevan su particular llamada, las atracciones comienzan a girar y las casetas reciben a sus primeros visitantes.

Entonces, entre miles de luces, cientos de conversaciones y ese inconfundible murmullo que solo existe en un recinto ferial, el Cortijo del Conde vuelve a convertirse en lo que durante generaciones ha representado la Feria de Motril: un lugar para encontrarse, para celebrar y, durante unos días, para dejar que la ciudad se entregue por completo a la fiesta.