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Juanma Moreno gana Andalucía, pero pierde la autonomía: el PP vuelve a depender de Vox mientras el PSOE se hunde aún más

Por redacción MotrilDigital - 18 de mayo de 2026

Motril Digital.– La noche electoral andaluza de 2026 deja una fotografía política mucho más incómoda y compleja de lo que anticipaban las encuestas más optimistas para el Partido Popular. Juan Manuel Moreno vuelve a ganar las elecciones con claridad, consolidando al PP como la fuerza dominante en Andalucía, pero pierde el gran símbolo que había marcado esta legislatura: la mayoría absoluta. Y esa pérdida cambia por completo el relato político de la comunidad.

Durante cuatro años, Moreno había conseguido proyectar una imagen de gobierno autónomo, moderado y relativamente desideologizado, apoyándose en una mayoría suficiente para gobernar sin depender de nadie. Ese equilibrio se rompe ahora. Los 53 escaños obtenidos mantienen al PP como vencedor indiscutible, pero lo sitúan a dos diputados de la mayoría absoluta y, sobre todo, lo obligan a mirar de nuevo hacia Vox. No es un detalle técnico: es el regreso de la política de bloques y de la negociación incómoda.

La gran cuestión que abre esta legislatura no es quién ha ganado, sino cuánto margen conservará Moreno para seguir representando ese perfil centrista y pactista que tanto ha cultivado. Vox, con 15 escaños y reforzado respecto a anteriores expectativas, sabe que vuelve a ser decisivo. Y cuando un partido se vuelve imprescindible, exige visibilidad, influencia y precio político. El PP tendrá que decidir si busca un acuerdo estable, apoyos puntuales o algún tipo de geometría parlamentaria más difícil de sostener. En cualquier caso, Andalucía abandona la etapa de la tranquilidad institucional absoluta que había caracterizado estos últimos años.

En el otro lado del tablero, el resultado del PSOE andaluz confirma una crisis que ya no puede interpretarse como coyuntural. El socialismo vuelve a quedar lejos de la posibilidad real de gobernar y encadena otro resultado históricamente débil en una comunidad que durante décadas fue su gran bastión nacional. La candidatura no ha conseguido movilizar suficiente voto urbano ni reconstruir el vínculo emocional con amplias capas del electorado andaluz. El dato es especialmente duro porque ni siquiera el desgaste lógico del gobierno autonómico del PP ha permitido al PSOE recuperar terreno de forma significativa.

La sensación que deja la izquierda es, además, la de una fragmentación persistente. Aunque Adelante Andalucía protagoniza una subida muy notable y logra capitalizar parte del voto más crítico y andalucista, el espacio progresista continúa dividido entre varias marcas y discursos. La suma total pierde fuerza frente a una derecha que, aun fragmentada entre PP y Vox, mantiene una mayor concentración electoral y una estrategia más clara de poder.

También hay un elemento simbólico importante en estas elecciones: Andalucía consolida una normalización política que hace apenas una década parecía improbable. El dominio histórico del PSOE ha desaparecido completamente. El PP ya no aparece como una anomalía gobernando la Junta, sino como el partido natural de gobierno para buena parte del electorado andaluz. Incluso perdiendo la mayoría absoluta, el resultado refuerza esa percepción de cambio estructural.

En términos nacionales, el resultado tendrá lectura inmediata en Madrid. El PP podrá vender la victoria como una nueva confirmación de su fortaleza territorial, pero la dependencia de Vox debilita parte del discurso moderado que Alberto Núñez Feijóo intenta proyectar a nivel estatal. Y Vox, precisamente, sale reforzado porque demuestra que sigue siendo necesario allí donde la derecha quiere gobernar.

Andalucía entra así en una nueva fase: menos estable, más negociada y más polarizada. Moreno sigue siendo el gran vencedor de la noche, pero ya no gobierna desde la comodidad del liderazgo incontestable. Ahora comienza otra partida: la de administrar la dependencia política sin perder el control del relato.