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Granada: Patricia Guerrero enciende el candil del flamenco en el Generalife

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Granada: Patricia Guerrero enciende el candil del flamenco en el Generalife

Por redacción MotrilDigital - 21 de agosto de 2026

Reportaje Ramón Martín (Motril Digital)

El Ballet Flamenco de Andalucía desplegó en ‘Tierra bendita,tierra vieja de candil’ una celebración de las raíces andaluzas llena de color, baile y música. Patricia Guerrero dirigió una noche magistral ante un Generalife completamente lleno, con Sergio ‘El Colorao’ como artista invitado y un elenco que llevó la tradición flamenca hasta el presente sin despojarla de su identidad.

El Ballet Flamenco de Andalucía ocupó este jueves, 20 de agosto, el escenario del Teatro del Generalife con ‘Tierra bendita,tierra vieja de candil’, la creación dirigida por Patricia Guerrero que desde la noche anterior había tomado el relevo de ‘Las gitanas cantan y bailan a Lorca’ dentro de la 25ª edición de ‘Lorca y Granada en los Jardines del Generalife’. La segunda de las cuatro representaciones programadas hasta el sábado 22 reunió a un público que llenó por completo el recinto para asistir a una noche de flamenco magistral, visualmente poderosa y especialmente colorida.

La compañía pública andaluza convirtió el escenario en un recorrido por una Andalucía reconocible en sus cantes, sus bailes, sus paisajes y su memoria. Pero ‘Tierra bendita’ no fue una colección de estampas ni una mirada complaciente hacia el pasado. Patricia Guerrero construyó una suite en la que la tradición sirvió de materia viva para dialogar con el presente, desde una estética que viajó del siglo XVIII al XXI y desde los quejíos más antiguos hasta las voces y cuerpos de una nueva generación.

El espectáculo comenzó a dibujar esa geografía con ‘Territorios’, donde bulerías, tangos y tanguillos pusieron en movimiento a todo el elenco. A partir de ahí, la estructura fue encadenando escenas con personalidad propia: ‘Taranta del candil’, con Manuel de Gines al cante y José Luis Medina a la guitarra, abrió uno de esos espacios de mayor recogimiento antes de que la obra volviera a crecer desde el baile colectivo.

El color fue uno de los elementos que marcó la representación. No apareció como mero ornamento, sino integrado en una concepción escénica que acompañó los cambios de carácter de la obra. Vestuario, iluminación, movimiento y disposición del cuerpo de baile contribuyeron a transformar el escenario a medida que la suite avanzaba por diferentes territorios flamencos. La sobriedad de determinados pasajes convivió así con momentos de gran despliegue visual, sin que esa riqueza apartara la atención del baile.

En ‘Taberna del Polinario’, las canciones populares y los textos de Federico García Lorca entraron de lleno en la propuesta. Eduardo Leal y Sofía Suárez asumieron el baile, mientras Amparo Lagares, Manuel de Gines y Sergio ‘El Colorao’ pusieron las voces y Jesús Rodríguez la guitarra. Lorca apareció de este modo incorporado al tejido musical y escénico de la noche, no como una cita aislada, sino dentro de esa Andalucía popular de la que también se alimentó su obra.

La presencia de Sergio ‘El Colorao’ tuvo un significado especial. Invitado en esta edición de ‘Tierra bendita’, el cantaor pertenece a la saga granadina de Los Coloraos y fue además uno de los compositores y cantaores de ‘Pineda. Romance popular en tres estampas’, estrenada en 2024 en este mismo ciclo. Su participación tendió otro puente entre la tradición cantaora de Granada y el proyecto que Patricia Guerrero llevó este año al Generalife.

Hubo también espacio para que cada lenguaje se mostrara prácticamente desnudo. David Chupete asumió el solo de castañuelas de ‘Encarnación’, mientras ‘Tierra bendita’, por fandangos, reunió al elenco con el cante de Amparo Lagares y Manuel de Gines y la percusión de Chupete. En ‘De madrugá’, Sergio ‘El Colorao’, acompañado únicamente por la guitarra de José Luis Medina, devolvió la escena a la intimidad del cante y la zambra.

Esa alternancia entre la fuerza del conjunto y la individualidad constituyó una de las claves de la noche. Patricia Guerrero evitó que la compañía funcionara como una masa uniforme. Cada disciplina tuvo su espacio y cada intérprete pudo sostener por momentos el peso de la escena antes de regresar a una construcción colectiva mucho más amplia.

‘Paseo de los tristes’ devolvió inevitablemente la mirada a Granada. La granaina tomó cuerpo en el baile de Ángel Fariña, Adriana Gómez, Hugo Aguilar y Claudia ‘La Debla’, con José Luis Medina a la guitarra, antes de que la obra emprendiera otro de sus recorridos territoriales con ‘Del Cabo a la Alcazaba’, donde los tanguillos dieron protagonismo al elenco masculino, acompañado por las voces de Amparo Lagares y Manuel de Gines, las guitarras de Jesús Rodríguez y José Luis Medina y la percusión de David Chupete.

En ‘Plaza de las Flores’, las cantiñas trasladaron el protagonismo al elenco femenino. La sucesión entre ambos cuadros permitió apreciar una coreografía que no se conformó con la exhibición técnica y que utilizó el cuerpo de baile para modificar continuamente la arquitectura del escenario. El movimiento colectivo, las entradas y salidas y la relación entre intérpretes fueron construyendo imágenes que reforzaron el carácter vivo y colorista de la propuesta.

Uno de los momentos con mayor peso poético llegó con ‘Fiesta en la Gloria’, a partir del poema de Manuel Benítez Carrasco. Patricia Guerrero asumió el poema y el baile, acompañada por Manuel de Gines al cante y Jesús Rodríguez a la guitarra. La palabra se incorporó entonces a la música y al movimiento dentro de una obra que había venido transitando entre territorios físicos y emocionales.

La propia Guerrero volvió a ocupar el centro en ‘Alameda’, una bulería por soleá en la que estuvo acompañada por Amparo Lagares, Manuel de Gines y Sergio ‘El Colorao’ al cante y José Luis Medina a la guitarra. La directora y coreógrafa no se reservó un papel exterior a la compañía: formó parte del lenguaje que había construido y se enfrentó al escenario desde aquello que constituye la razón última del espectáculo, el baile.

‘Andaluza’, por seguiriya, reunió finalmente a Patricia Guerrero, Eduardo Leal y todo el elenco en una de las imágenes de conjunto de la obra. Las voces de Amparo Lagares, Manuel de Gines y Sergio ‘El Colorao’, las guitarras de Jesús Rodríguez y José Luis Medina y la percusión de David Chupete completaron un cuadro en el que confluyeron buena parte de los lenguajes desarrollados durante la representación.

La solidez musical fue otro de los pilares de la noche. Jesús Rodríguez y José Luis Medina asumieron las guitarras; Amparo Lagares y Manuel de Gines sostuvieron buena parte del cante junto a Sergio ‘El Colorao’, y David Chupete se encargó de la percusión. Sobre esa base se desplegó un amplio cuerpo de baile formado por Adriana Gómez, Alberto López, Alejandro Fernández, Alicia Gavilán, Álvaro Aguilera, Ángel Fariña, Araceli Muñoz, Arturo Fajardo, Claudia ‘La Debla’, Hugo Aguilar, María Carrasco, Natalia Alcalá y Sofía Suárez, con Eduardo Leal como maestro repetidor.

La riqueza que se vio sobre las tablas tuvo también un importante trabajo detrás del escenario. Rafael Gómez firmó el diseño de iluminación, fundamental en la transformación de ambientes durante los aproximadamente 90 minutos de representación, mientras Bordados Foronda S.A. asumió el diseño de los mantones y José María Tarriño la realización de batas de cola y vestuario masculino.

Patricia Guerrero trabajó sobre las formas tradicionales sin tratarlas como piezas intocables. Las desplazó, combinó y transformó manteniendo reconocible su procedencia. De ahí que la contemporaneidad de ‘Tierra bendita’ no surgiera de una ruptura forzada con el pasado, sino de algo mucho más complejo: conocer ese pasado suficientemente bien como para poder hablar desde él con una voz actual.

Y en esa búsqueda tuvo especial importancia una nueva generación de artistas. La compañía mostró que el relevo en el flamenco no consiste únicamente en conservar un repertorio, sino en asumirlo, entenderlo y encontrar una forma propia de devolverlo al público. El jueves, ante un Generalife completamente lleno, esa conversación entre generaciones encontró una respuesta entusiasta.

La noche terminó dejando la sensación de haber asistido a un espectáculo trabajado hasta el detalle, pero sin perder la temperatura que exige el flamenco. Hubo disciplina, precisión y una evidente construcción escénica, pero también cante, guitarra, percusión y baile capaces de imponerse por sí mismos cuando todo lo demás se retiraba.

Patricia Guerrero encendió así el candil del flamenco en el Generalife. Lo hizo con el Ballet Flamenco de Andalucía mirando hacia una tierra antigua sin quedar atrapado en ella, entre el color de la escena y la hondura del cante, entre Lorca, Granada y una tradición que continuó avanzando. Porque el candil de ‘Tierra bendita’ no alumbró únicamente hacia atrás: durante noventa minutos, su luz también señaló hacia dónde puede seguir caminando el flamenco.