EL VIRUS por Miguel Ávila Cabezas
Luz tenue en escena. ELLA y ÉL se encuentran sentados en el sofá, cada uno en su correspondiente esquina, frente al invisible televisor de la cuarta pared.
ELLA: Tengo miedo.
ÉL: No te preocupes. Está todo controlado. Procura, como te dije, respirar lo menos posible.
ELLA: Sí, pero por más que lo intento no lo consigo. Me falta la vida si no respiro.
ÉL: Es lógico, pero tienes que hacer un esfuerzo. No se trata de que dejes de respirar del todo, no. De lo que se trata es de que respires menos, hasta donde alcance tu capacidad de resistencia. En caso contrario, te arriesgas a contraer el virus. Y el virus no perdona. Acuérdate de lo que le ocurrió a tu amiga Marta. No pudo soportarlo y… ¿qué pasó?
ELLA: Se arrojó por la ventana.
ÉL: Afortunadamente para ella vivía en un décimo piso y, claro, al estrellarse contra la acera no tuvo oportunidad de contarlo. Pobrecita.
ELLA: Lo que no dejo de preguntarme es por qué el virus solamente nos ataca a nosotras las mujeres.
ÉL: Según parece, se trata de un error aleatorio en el material genético.
ELLA: No lo entiendo.
ÉL: Ni yo tampoco. Sin embargo, es así y hay que aceptarlo. Desde siempre ha sido así.
ELLA: ¿Desde siempre?
ÉL: Sí, desde siempre. En realidad, no es que el virus haya aparecido de un día para otro, como de la nada. No. El virus se halla en estado de latencia y se reactiva cuando encuentra las condiciones propicias para hacerlo.
ELLA: ¿Y qué condiciones son esas?
ÉL: El aire viciado. Sobre todo, el aire viciado. Ya te lo he dicho mil veces. Se propaga a través del aire. Por eso es tan, cómo decirlo, determinante el procurar respirar lo menos posible. Y, en última instancia, nada. Respirar nada.
ELLA: Pero si no respiro, me asfixio.
ÉL: (Levemente malhumorado.) Escucha bien. Yo te digo lo que hay. Otra cosa muy distinta es lo que tú quieras hacer. ¿Que no quieres respirar? Muy bien, no respires. ¿Que te arriesgas a hacerlo? Tú misma. Tendrás que atenerte a las consecuencias. Aquí estás segura. Con que no salgas ahí afuera, las posibilidades de que te contagies son mínimas, siempre y cuando me hagas caso, estés calladita y procures, como te he dicho, respirar lo menos posible.
ELLA: Sí. Lo intento. Y aguanto todo lo que puedo. Pero no me resigno a tener que soportar esta situación, este enclaustramiento. Es muy duro para mí.
ÉL: (Ya malhumorado del todo.) ¿Y qué quieres que yo haga? Bastante tengo con aguantar tus peroratas, tus silencios y tus miedos. Además, no tengo la culpa de que el virus solamente os ataque a vosotras, las mujeres. Algún motivo tendrá que haber.
ELLA: ¿Qué motivo?
ÉL: ¿Qué motivo va a ser? El hecho de que seáis mujeres, ¡coño!
ELLA: Pero por qué te pones así.
ÉL: ¿Y cómo quieres que me ponga? Llevo en este sofá toda la vida procurando, y controlando, que no respires más de la cuenta y lo único que escucho son lamentos y quejas de alguien que no me deja ver la televisión.
ELLA: Pero la televisión está apagada.
ÉL: ¿Y qué? Apagada o no, la televisión es la televisión. Es una más de la familia. Quizás el miembro más importante. Sin televisión, no existe ni armonía ni concordia familiar.
ELLA: Pero…
ÉL: ¡Ni pero ni manzano! ¿Quieres respirar por encima de los niveles establecidos? Pues respira. Nada ni nadie te lo impide. Ahora bien, atente a las consecuencias. Acuérdate de lo que le pasó a tu amiguita del alma. Aunque no sé si tendrías la misma suerte que ella. Nosotros vivimos en un segundo. Y por tanto las posibilidades de pasar del suelo al cielo disminuyen ostensiblemente.
ELLA: Yo…
ÉL: ¡Yo, nada! ¡Nosotros! Solamente te preocupas por ti. ¿Y el que tienes a tu lado qué es, un cero a la izquierda?
ELLA: ¿Cómo puedes hablarme de esa manera? No es cierto que yo solamente piense en mí. También lo hago por ti. Pero es que continuamente me estás diciendo que no respire, que el virus está al acecho y que si abro la boca siquiera para decir “te amo”, el virus entrará en mí.
ÉL: Como suele ser habitual en ti, exageras. Yo en ningún momento he dicho eso. Lo que yo he dicho es lo que explicita el protocolo sanitario: respirar lo menos posible y, en caso de contagio, nada.
ELLA: ¿Nada? Pero si no respiro nada…
ÉL: Otra vez con la letanía. Nada, sí, nada. A fin de cuentas, si te contagias, dejarás de respirar para siempre. Está más que demostrado. No obstante, siempre tienes la opción de acelerar el proceso como hizo tu amiga Marta. ¿No te parece?
ELLA: (Completamente abatida.) ¡Dios mío, y todo esto por el hecho de ser mujer!
ÉL: Efectivamente. Tú lo has dicho. Por ser mujer. Y ahora calla y deja de respirar que va a empezar el partido. (Hace como que enciende el invisible televisor de la cuarta pared.)

