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El Ferial de Motril, un mundo de fiesta donde la noche no entiende de fronteras

12 Agosto, 2026

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El Ferial de Motril, un mundo de fiesta donde la noche no entiende de fronteras

Por redacción MotrilDigital - 12 de agosto de 2026

Reportaje Pulino Martínez Moré (Motril Digital)

Motril vive sus fiestas patronales con un recinto ferial convertido en el centro de concentración para motrileños, vecinos de toda la Costa Tropical y visitantes que estos días disfrutan de sus vacaciones en la costa de Granada

Hay noches en las que una ciudad parece cambiar de piel. Motril es una de ellas cuando llega su feria. Al caer la tarde, el Recinto Ferial comienza a transformarse en un pequeño universo en el que caben la música, las luces, el bullicio, la gastronomía, la diversión y, sobre todo, las ganas de pasarlo bien. Y esta noche, una vez más, el Ferial ha vuelto a demostrar que la fiesta no entiende de fronteras.

No son solamente los motrileños quienes llenan sus calles y espacios de celebración. A la llamada de la feria acuden vecinos procedentes de distintos puntos de la Costa Tropical, familias llegadas de municipios cercanos y visitantes que estos días han elegido el litoral granadino para disfrutar de sus vacaciones. La feria se convierte así en un punto de encuentro entre quienes viven aquí todo el año y quienes llegan atraídos por el ambiente festivo de estas fechas.

Desde primeras horas de la noche, el recinto comienza a llenarse de vida. Las luces de las atracciones iluminan el cielo y se mezclan con la música que sale de las casetas y de los diferentes espacios de ocio. Hay niños que corren de una atracción a otra, jóvenes que buscan la emoción de las propuestas más vertiginosas y adultos que, por unas horas, parecen recuperar la ilusión de cuando eran pequeños.

Las atracciones infantiles constituyen uno de los grandes reclamos para las familias. Carruseles, camas elásticas, trenes de la bruja y otras propuestas convierten una parte del recinto en un territorio de fantasía donde las risas de los más pequeños se confunden con la música y el sonido de las atracciones. Los ojos infantiles se iluminan ante cada vuelta del carrusel y ante la posibilidad de elegir cuál será la siguiente aventura.

Un poco más allá, la feria cambia de ritmo. La noria gigante se eleva sobre el recinto y ofrece una perspectiva privilegiada de un Motril nocturno salpicado de luces. Cerca de ella, la montaña rusa reclama a los más atrevidos, mientras los barcos vikingos se balancean de un lado a otro provocando gritos que se mezclan con las carcajadas de quienes contemplan el espectáculo desde abajo.

Pero el Ferial no vive únicamente de sus grandes atracciones. La esencia de cualquier feria se encuentra también en sus pequeños detalles, en esos elementos que forman parte de una tradición que pasa de generación en generación.

Los puestos de tiro al blanco, las tómbolas, las máquinas recreativas y los diferentes juegos invitan a probar suerte. Y, entre unos y otros, aparecen algunos de los aromas más reconocibles de cualquier noche de feria: el algodón de azúcar, los churros recién hechos, las almendras garrapiñadas y todo ese repertorio de sabores que parece inseparable de las fiestas. Porque en una feria también se disfruta con el paladar.

Familias, parejas, grupos de amigos y visitantes pasean sin demasiada prisa, dejándose llevar por aquello que encuentran a su paso. Unos se detienen ante un puesto, otros buscan una mesa donde sentarse a tomar algo, mientras los más jóvenes se preparan para continuar la noche en las atracciones o en los espacios musicales… y entonces aparece otro de los grandes protagonistas: el público.

El público es quien da sentido al Ferial. El que llena los caminos, el que hace cola ante una atracción, el que ríe, canta, baila, aplaude y convierte un espacio de luces y estructuras metálicas en un lugar lleno de vida. Hay familias completas, pandillas de adolescentes, grupos de amigos que se reencuentran cada año y visitantes que descubren por primera vez la feria motrileña.

También están quienes llegan desde otros rincones de la Costa Tropical. Personas de Salobreña, Almuñécar, Vélez de Benaudalla, Torrenueva Costa, Calahonda, Castell de Ferro y otros municipios cercanos que encuentran en Motril uno de los grandes focos de ocio de estas fiestas. A ellos se suman los turistas que durante el verano convierten la costa granadina en uno de los destinos más concurridos de Andalucía.

El resultado es una mezcla especialmente atractiva: motileños y visitantes compartiendo el mismo espacio, las mismas canciones, las mismas atracciones y las mismas ganas de disfrutar.

Y si algo caracteriza a la noche del Ferial es precisamente esa mezcla de edades y de ambientes. Mientras los más pequeños viven su particular aventura entre carruseles y trenes de la bruja, los mayores recuperan recuerdos de otras ferias y los jóvenes buscan en la música y en las atracciones el escenario perfecto para prolongar la noche.

A todo ello se suma la programación musical. Los conciertos y actuaciones aportan al recinto una dimensión diferente. La música se convierte en hilo conductor de la noche y permite que la feria no sea solamente un espacio de atracciones, sino también un escenario para el encuentro, el espectáculo y la cultura popular.

Esta noche, además, el público pudo disfrutar de las voces de Cristina Gálvez y Ana de Caro, en una velada que llevó hasta la Caseta Municipal los sonidos de la copla, el flamenco y la música andaluza. Una muestra más de cómo el Ferial reúne en un mismo espacio propuestas muy diferentes capaces de atraer a públicos diversos. Pero quizá lo más interesante de una noche como esta no aparezca en ningún programa oficial.

Está en la escena cotidiana de una familia que llega con los niños y termina marchándose mucho más tarde de lo previsto. En el grupo de amigos que se encuentra después de meses sin verse. En la pareja que decide subir a la noria para contemplar Motril desde las alturas. En el niño que insiste una vez más en montar en el carrusel. En quien compra un algodón de azúcar enorme y termina compartiéndolo. En los churros de madrugada. En las fotografías que se hacen para guardar el recuerdo de una noche que, probablemente, volverá a contarse dentro de unos años. Porque las ferias tienen esa capacidad extraordinaria de fabricar recuerdos.

Y mientras avanza la noche, el Ferial continúa latiendo. Las luces no se apagan, la música sigue sonando y el movimiento de personas parece no tener fin. La noria continúa girando sobre el recinto como un enorme reloj luminoso, las atracciones siguen reclamando pasajeros y las casetas mantienen su particular pulso festivo.

Cuando la madrugada avance y las luces comiencen a apagarse, quedará la sensación de haber vivido algo más que una noche de feria. Quedará el recuerdo de una ciudad compartiendo alegría con quienes la habitan y con quienes la visitan.