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El dragón vuelve a reinar: la Tarasca llena de vida y color las calles de Granada

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El dragón vuelve a reinar: la Tarasca llena de vida y color las calles de Granada

Por redacción MotrilDigital - 3 de junio de 2026
La mañana del miércoles amaneció con un secreto a voces en Granada. No era el calor que ya empieza a anunciar el verano ni el ir y venir de turistas por el centro. Era otra cosa. Era esa impaciencia infantil que cada año despierta la Tarasca y que convierte las calles en una especie de graderío improvisado donde conviven generaciones enteras.

Mucho antes de que el reloj marcara las doce, las aceras de Reyes Católicos, Gran Vía, Mesones o la Plaza de la Trinidad eran ya una sucesión de sombreros, abanicos, cámaras de móviles y niños subidos a hombros de padres y abuelos. Los más pequeños preguntaban cuándo llegaba «el dragón», mientras los mayores, con la memoria cosida a décadas de Corpus, esperaban casi con la misma ilusión que cuando eran ellos quienes buscaban un hueco entre la multitud.

Porque la Tarasca tiene esa rara capacidad de detener por unas horas el ritmo de la ciudad y hacer que Granada se mire a sí misma. Y este miércoles volvió a ocurrir. Miles de personas se arremolinaron a lo largo del recorrido para recibir a la gran anunciadora de los días grandes del Corpus, acompañada por gigantes, cabezudos y las charangas que ponían la banda sonora a una mañana de sonrisas y carreras infantiles.

La expectación, como manda la tradición, estaba puesta en el vestido. La Tarasca de 2026 apareció convertida en un guiño a Isabel la Católica. Yolanda Ubago, autora del diseño, la vistió con un elegante color mantequilla, uno de los favoritos de la reina castellana, con bordados metálicos inspirados en los dibujos de la Alhambra y una espectacular cola de ocho metros. El peinado oscuro y rizado, obra de Beatriz Escañuela, completaba una imagen regia que había dejado de ser un secreto apenas unas horas antes, cuando la figura apareció en la Plaza del Carmen para las primeras fotografías de los más madrugadores.

Pero, más allá de la moda y de la curiosidad por descubrir cada detalle, la verdadera protagonista volvió a ser la gente. Los niños perseguían fascinados a los cabezudos, los abuelos señalaban a los gigantes recordando otros tiempos y las familias se abrían paso entre aplausos y risas. Una escena que se repite cada año y que, sin embargo, nunca parece gastarse.

Marifrán Carazo definía la jornada como una «mañana de ilusión». Quizá no haya mejor expresión. Porque la Tarasca no es solo un desfile. Es el primer gran latido del Corpus. La señal inequívoca de que Granada se dispone a vivir sus días más festivos. El momento en que la ciudad, por unas horas, vuelve a ser un enorme patio de vecinos en el que todos, grandes y pequeños, comparten la misma espera.

Y así, subida sobre su legendario dragón, la Tarasca volvió a recorrer Granada para recordar una vieja enseñanza que sobrevive al paso del tiempo: que el bien acaba imponiéndose al mal y que las tradiciones, cuando son capaces de emocionar generación tras generación, siguen teniendo la extraordinaria virtud de hacer que una ciudad entera vuelva a sentirse niña.