BÚNKER por Miguel Ávila Cabezas
Líbrame, Yahveh, del hombre malo,
del hombre violento, presérvame;
los que en su corazón urden maldades
y cada día provocan guerras;
aguzan su lengua como sierpe,
veneno de áspid hay en sus labios.
(Salmo 139, 2-4)
Bajo tierra, a mil kilómetros de profundidad (más o menos), se encuentran el Gran Magnate (GM.) y el Loco Mangante (LM.). El lugar exacto: un impenetrable, si infalible, búnker de última generación.
GM.: (Con la mirada perdida en el cielo candente de la escena.) Se está bien aquí, a salvo de todo y de todos.
LM.: Y que lo digas. Con lo que se ha liado ahí arriba, no creo que queden muchos para contarlo, y si quedan algunos tienen que estar hechos unos zorros tiroidales.
GM.: De eso no me cabe la menor duda porque, vamos a ver, a quién se le ocurre exponerse a algo tan dañino como la radiación nuclear. A nadie que esté en su sano juicio. Lo suyo es que hubieran hecho lo que nosotros: construirse un búnker de alta seguridad.
LM.: Hombre precavido vale por dos.
GM: ¡Y por ocho mil millones!
Ríen ambos con el cinismo propio de los canallas: de forma sibilante, como una cafetera olvidada en el fuego y a punto de estallar.
GM.: ¿Cuánto tiempo tendremos que permanecer aquí antes de que podamos salir al exterior?
LM.: ¿Tiempo? El tiempo es relativo. Ya lo decía el rojo ese de la teoría de la relatividad general. ¿Cómo se llamaba?
GM.: Ni idea. Algo así como Epstein.
LM.: No hombre, no. Epstein es otro. El Epstein ese de teórico tenía más bien poco. Por no decir nada. Él iba siempre a lo práctico. Tú deberías saberlo porque llegaste a conocerlo bastante bien.
GM.: Sí, hasta que pasó lo que pasó. Y entonces no tuvimos más remedio que ahorcarlo.
LM.: Iba a cantar.
GM.: Bueno, lo de cantar es mucho decir. Empezó a desafinar desde el momento mismo en que fue detenido. Y no podíamos permitir que se fuera de la lengua. Por eso se la cortamos. Metafóricamente hablando, claro.
LM.: Hicisteis bien. Dados los tiempos que corren, uno no se puede fiar de nada ni de nadie. Ni siquiera de su mejor amigo.
GM.: Por supuesto. Llevas toda la razón. Olvidémonos entonces del pobre de Epstein, que Dios tenga en su gloria.
LM.: O Satanás, en su defecto.
Vuelven a reír ambos como ya lo hicieran antes.
GM.: Mucho Epstein y mucha teoría general de la relatividad, pero todavía no has respondido a mi pregunta.
LM.: ¿Qué pregunta?
GM.: La del tiempo que tenemos que permanecer aquí dentro.
LM.: ¡Ah, eso! Pues…, como mínimo, unos treinta años, año arriba año abajo.
GM.: ¡Pero eso es mucho tiempo!
LM.: Depende de como lo mires. Teniendo en cuenta lo que te dije antes, treinta años pueden ser tres días o trescientos años. Tú deberías saber mejor que nadie que todo es relativo: hoy blanco y mañana negro. Hoy te quiero y mañana te odio. ¿No es así?
GM.: ¡Déjate de ambigüedades retóricas! ¡Siempre fuiste muy tuyo a la hora de abrir la boca!
LM.: (Un punto mosqueado.) No sé qué pretendes con eso que acabas de decir. ¿Yo, mío? Tuyo, tú, que no te bajabas nunca del burro de los insultos: que si “cerdita” por aquí, que si “loca llorona y miserable” por allá. Aunque te he de confesar que nos divertía mucho ver la expresión de asombro y estupor que ponían los destinatarios de tus insultos y amenazas.
GM.: A mí también me divertía mucho ver cómo mudaban el gesto cuando me ponía estupendo con todos ellos. Y sin excepción.
LM.: Los tenías cogidos de los huevos.
GM.: Y de lo que no eran los huevos también.
Nuevo estallido de estentórea risa por parte de ambos.
LM.: ¿Y qué me dices de lo de la escuela?
GM.: ¿Qué escuela?
LM.: La escuela que bombardeasteis.
MG. ¡Ah! ¿Eso? Antológico. Nos llevamos por delante cerca de doscientos impresentables, la mayoría niñas.
LM.: Una obra de arte.
GM.: Of course.
Silencio.
GM.: (Para sí.) Treinta años… Si lo llego a saber…
LM.: ¿Qué piensas?
GM.: Lo que en el fondo tú también piensas, que treinta años es mucho y yo no sé si voy a poder aguantar todo ese tiempo en este… hoyo.
LM.: Mira que eres aprensivo. En este “hoyo”, como tú dices, tenemos de todo, y no tan sólo para treinta años sino para treinta vidas, si fuera preciso. Ya verás cuando salgamos al exterior y nos encontremos todo más limpio que la patena. ¡El mundo entero para nosotros dos! ¡Únicamente para nosotros dos! ¿Te parece poco?
GM.: Depende de cómo lo mires. ¿Con qué te quedarías tú?
LM.: ¿Ya empezamos?

