Salobreña: El temporal impide el acto de homenaje a La Desbandá en el puente del Guadalfeo y suspende la programación prevista
LA DESBANDÁ
La Desbandá fue el nombre que el pueblo dio, con amarga lucidez, a una huida sin orden ni amparo que marcó para siempre la memoria de la Guerra Civil. En los primeros días de febrero de 1937, cuando Málaga cayó en manos de las tropas sublevadas apoyadas por fuerzas italianas, la ciudad se vació de golpe. El miedo corrió más rápido que cualquier noticia: mujeres, niños, ancianos y heridos abandonaron sus casas con lo puesto y se lanzaron a la única salida posible, la estrecha carretera costera que conducía a Almería, aún bajo control republicano.
Aquella marcha no fue una evacuación organizada, sino un éxodo desesperado. Decenas de miles de personas avanzaban a pie, sin alimentos suficientes, sin vehículos, sin protección. El camino se convirtió pronto en una trampa mortal. Desde el mar, los buques de guerra disparaban contra la columna humana; desde el cielo, los aviones bombardeaban sin distinguir entre combatientes y civiles. Los cruceros franquistas navegaban tan cerca de la costa que quienes huían podían ver a los marineros, una imagen que quedó grabada en los recuerdos de los supervivientes como símbolo de una amenaza constante e ineludible.
El pánico y la confusión dominaron aquellas jornadas. Familias enteras se separaron entre explosiones, muchos murieron alcanzados por la artillería, otros se ahogaron al intentar escapar hacia el mar, y no pocos sucumbieron al hambre, al frío o al agotamiento en la propia carretera. Las investigaciones posteriores hablan de una riada humana que pudo acercarse a las 300.000 personas, procedentes no solo de Málaga capital, sino también de pueblos del interior de Andalucía que ya habían sufrido avances militares previos. El destino fue desigual: algunos lograron llegar a Almería y continuar hacia el Levante; otros regresaron, solo para enfrentarse después a la represión; demasiados no sobrevivieron al trayecto.
Pese al horror, también hubo gestos de humanidad. Testigos, periodistas y sanitarios dejaron constancia de lo ocurrido, y figuras como el médico canadiense Norman Bethune intentaron aliviar el sufrimiento rescatando y atendiendo a quienes encontraba en la carretera. Gracias a esos relatos, La Desbandá no quedó sepultada en el silencio. Hoy se recuerda como una de las mayores tragedias civiles del conflicto: un camino de dolor que mostró, con crudeza, el precio que pagó la población indefensa atrapada en medio de la guerra.

