NORMA por Miguel Ávila Cabezas
…conocería a un hombre que poco a poco la iría asesinando.
(Rachel Cusk)
Preside la escena la cuarta pared, es decir, el Espejo (E.) con el que dialogará y se enfrentará el personaje de NORMA a la par que lo hará el público del más allá. Suena “Études de bruits”, de Pierre Schaeffer. Transcurridos unos interminables segundos, calla la música.
NORMA: (Comparece desde el fondo y mira hacia todos los lados como si le inquietara una por invisible no menos alarmante presencia.) ¿Hay alguien? ¿Hay alguien? ¿Dónde estoy? ¿Hay alguien?
Evidentemente no obtiene respuesta. Y aunque parezca que el tiempo se haya detenido, éste sigue su inapelable transcurso hasta el momento en que ella, recelosa, se acerca al espejo.
NORMA: (A la imagen reflejada en el espejo.) ¿Quién eres? Dime, ¿cómo he llegado hasta aquí?
E.: (Su propia imagen.) ¿No te reconoces? Soy quien eres. Y eres tú la que me habla. ¿Acaso has olvidado tu nombre, el primero de los innumerables nombres que te asignaron allá?
NORMA: Pero… ¿por qué estoy aquí?
E.: ¿Aún no lo sabes? Has llegado hasta aquí, como tantas otras lo hicieron antes, huyendo de ti misma, de ellos, de tu vida.
NORMA: (Sobresaltada.) ¿De mi vida? ¿De ellos dices?
E.: Sí, de tu vida y de ellos. Tu vida siempre fue tuya a pesar de que muchos quisieron apropiársela y convertirla en un trofeo de caza o en un trapo sucio cuando ya no les servía para satisfacer su voracidad. ¿No recuerdas?
NORMA: (Vacilante.) ¿Recordar? ¿Qué tengo que recordar?
E.: Lo que pasó realmente… desde el principio.
NORMA: Estoy soñando. ¿No es así?
E.: No, no estás soñando. Dejaste de hacerlo cuando ellos acabaron contigo, todos, desde el primero hasta el último. Esto es para ti tan real como la muerte misma para quien ya ha dejado de ser.
NORMA: Entonces…
E.: (Rotundo.) Sí.
NORMA: Pero yo no recuerdo nada. ¿Cómo fue?
E.: Ellos nunca soportaron el hecho de que tu hermosura, tu inseguridad, tus miedos, tu soledad, tu ansia de ser otra muy distinta a la que pretendían que fueras, desafiaran su inmenso poder para manejar vidas y voluntades a su antojo. Y tú fuiste no su musa ni su amante sino su víctima propiciatoria. Cuando dejaste de servirles, concertaron tu final. Y a continuación se dedicaron a mentir como únicamente ellos saben hacer mejor que nadie. Unos y otros levantaron una montaña de mentiras para encubrir la verdad, la única verdad que te arrojó al vacío en el que ahora te encuentras.
NORMA: A veces tengo la sensación de que soy un alma sin cuerpo.
E.: Sí. Ya lo eres. Entonces, cuando lo escribiste con el lápiz-niño, te buscabas inútilmente en el alma hipócrita de los demás. ¿Y qué veías? ¿Te veías a ti? No. Hallabas solamente altivez, obscenidad, codicia, engaño, humillación y desprecio.
NORMA: ¿Hubo alguien que alguna vez me quisiera?
E.: No lo sé. No lo sé. Tal vez… No lo sé.
NORMA: Ahora lo entiendo. ¡Sola! ¡Siempre, siempre estuve sola, sin importarle nada a nadie!
E.: Así derramabas tu inmensa soledad en todo lo que escribías: en tus cartas, en tus poemas, en tus cuadernos. Te buscabas continuamente en las palabras y ellas únicamente te devolvían el significado de la desolación.
NORMA: ¿Quiénes me esperan al otro lado? ¿Me encontraré con ellos?
E.: ¿Con ellos?
NORMA: Sí, con mis hijos, los hijos que nunca tuve.
E.: Los que partieron antes de llegar.
NORMA: Los que murieron conmigo el día que se fueron.
E.: Estás a punto de saberlo. Vamos. Es hora de partir.
NORMA: (Con expresión de felicidad.) Sí. Vamos.
Se van ambos haciendo mutis por el foro. Y en OSCURO TOTAL vuelven a escucharse las notas de “Études de bruits”, de Pierre Schaeffer.

