Motril vive la emoción del Lunes Santo con la Cofradía de la Humildad y la Victoria
Reportaje Paulino Martínez Moré (Motril Digital)
Motril volvió a latir con pulso cofrade en la noche del Lunes Santo, cuando la Cofradía de la Humildad y la Victoria puso en la calle un cortejo que destilaba esencia pura de Semana Santa. Entre cirios encendidos y el inconfundible aroma a incienso, la ciudad se recogió para contemplar el discurrir de sus dos pasos, auténticos altares en movimiento, cargados de fe, historia y sentimiento.
Abría la procesión el misterio del Señor de la Humildad en el Huerto, una catequesis tallada en madera. El Señor, arrodillado, entregado a la voluntad del Padre, elevaba su mirada en diálogo silencioso mientras el Ángel le ofrecía el cáliz del sacrificio. A sus pies, Pedro, Juan y Santiago, vencidos por el sueño, ajenos al drama redentor que estaba a punto de consumarse. La escena, de una fuerza sobrecogedora, avanzaba con el compás firme de sus 40 costaleros, que mecían el paso con ese andar valiente y templado que solo entienden los que se meten debajo.
Tras Él, como un suspiro de dulzura en la noche, María Santísima de la Victoria. Rostro sereno, dolor contenido, mirada que atraviesa el alma. Bajo su palio, que este año lucía con orgullo los nuevos candelabros de cola, la Virgen caminaba como Reina y Madre, envuelta en un mar de cera que parecía iluminar el corazón de Motril. Treinta costaleros la llevaban con mimo, regalando chicotás que arrancaban suspiros entre los presentes.
El cortejo, sobrio y elegante, fue un ejemplo de saber estar en la calle. Un centenar de nazarenos, perfectamente ordenados, dibujaban dos tramos bien diferenciados: el rojo penitente del Señor y el azul esperanzado de la Virgen, ambos sobre el blanco impoluto de las túnicas. Paso a paso, sin prisas pero sin pausas, acompañaban a sus titulares con ese silencio que también es oración.
Y mientras tanto, la música hacía el resto. Los sones de cornetas y tambores, junto a las marchas que se derramaban tras el palio, marcaron el latido de una noche que ya queda grabada en la memoria cofrade. Fue un Lunes Santo de los que se sienten, de los que erizan la piel. De los que recuerdan por qué, año tras año, Motril se echa a la calle para vivir su fe.

