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Reportaje Paulino Martínez Moré (Motril Digital)
Motril vivió una de esas noches destinadas a permanecer11 para siempre en la memoria colectiva. Una noche de banderas al viento, abrazos interminables, lágrimas de felicidad y un rugido unánime que recorrió calles, plazas y avenidas cuando el árbitro señaló el final del encuentro. España acababa de conquistar su segundo Campeonato del Mundo tras imponerse por 1-0 a Argentina en la gran final disputada en el estadio de Nueva York, y la capital de la Costa Tropical respondió con una celebración sencillamente apoteósica.
Miles de personas se habían congregado desde mucho antes del pitido inicial en el Parque de los Pueblos de América, donde el Ayuntamiento de Motril instaló una pantalla gigante para seguir un partido que paralizó al país entero. Familias completas, grupos de amigos, niños envueltos en la bandera nacional y aficionados llegados de todos los rincones del municipio convirtieron el recinto en un auténtico estadio al aire libre, donde cada jugada se vivió con el corazón desbocado y cada ocasión de gol provocó un estruendo ensordecedor.
Entre los miles de aficionados se encontraba la alcaldesa de Motril, Luisa García Chamorro, acompañada por varios miembros del equipo de gobierno municipal. La regidora vivió el encuentro con la pasión de cualquier seguidora más, sufriendo cada ataque argentino y celebrando con entusiasmo cada avance de la selección española hasta estallar de alegría con el pitido final que certificó un nuevo capítulo dorado en la historia del fútbol nacional.
Pero aquello solo fue el comienzo
Como si toda la ciudad hubiera recibido una misma llamada, la celebración se trasladó inmediatamente hasta la emblemática fuente de «La Bandera», situada a los pies del cerro de la Virgen. Allí confluyeron cientos y cientos de personas envueltas en rojigualdas, entonando el nombre de España entre cánticos, bocinas y una felicidad imposible de contener. La fuente volvió a convertirse en el gran santuario de las celebraciones deportivas motrileñas, escenario de una fiesta multitudinaria donde generaciones enteras compartieron el mismo orgullo.
Mientras tanto, las calles de Motril comenzaron a llenarse de improvisadas caravanas de vehículos. Los cláxones sonaban sin descanso, las ventanillas se abrían para agitar las banderas y los gritos de «¡España, campeona del mundo!» retumbaban en cada esquina. Era una explosión de alegría colectiva, de esas que solo el deporte es capaz de provocar, convirtiendo la ciudad en una marea roja y amarilla que celebraba un nuevo hito para el fútbol español.
España vuelve a tocar el cielo y añade una segunda estrella a su escudo, un símbolo que desde hoy lucirá con orgullo en la camiseta de la selección y que representa el esfuerzo, el talento y la grandeza de una generación capaz de escribir otra página imborrable en la historia del deporte.
Y Motril, una vez más, estuvo a la altura de los grandes acontecimientos. La ciudad celebró el triunfo como propio, demostrando que cuando España gana, también late con fuerza el corazón de la Costa Tropical.