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La llegada masiva de la IA a nuestras vidas: privacidad, infancia y el riesgo invisible

El Mobile World Congress 2026 ha dejado al descubierto el momento que atraviesa la inteligencia artificial: una tecnología que ha pasado de ser una promesa futurista a convertirse en el eje central de la industria tecnológica. Pero mientras el debate se centra en productividad, innovación y negocio, una de las cuestiones más delicadas —su impacto en la vida cotidiana y, especialmente, en la infancia— apenas empieza a plantearse.

Reportaje José Fernando Molina Pinos.- Uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial no está únicamente en su capacidad técnica, sino en la forma en que puede integrarse en nuestra vida cotidiana de manera casi invisible.

Un ejemplo claro es el de los nuevos juguetes inteligentes presentados recientemente en ferias tecnológicas. Dispositivos diseñados para acompañar a los niños, interactuar con ellos y convertirse en una especie de compañero emocional.

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El verdadero peligro de estos dispositivos no reside solo en que incorporen micrófonos o cámaras. El problema es que están diseñados para crear un vínculo emocional con el niño.

A diferencia de una tablet o de un videojuego, que el menor puede dejar a un lado en cualquier momento, estos juguetes están pensados para “vivir” junto a él. Incorporan sensores capaces de detectar cuándo el niño los abraza, registran patrones de interacción e incluso desarrollan una especie de personalidad basada en la relación que mantienen con su usuario.

Muchos de ellos cuentan con memoria a largo plazo, lo que significa que pueden recordar conversaciones, reacciones y comportamientos.

En términos prácticos, cuando un juguete “aprende” de un niño, lo que realmente está haciendo es perfilarlo.

Cada conversación antes de dormir, cada enfado, cada secreto contado a ese peluche aparentemente inofensivo se convierte en datos. Datos sobre la personalidad, el estado emocional y el desarrollo psicológico de un menor.

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Esto plantea preguntas incómodas.

¿Estamos ante una nueva versión de la “niñera tecnológica” del siglo XXI?

Durante décadas, muchos niños crecieron frente al televisor, que funcionaba como una especie de niñera del siglo XX. Más tarde llegaron las tabletas, los smartphones y las redes sociales. Ahora, la inteligencia artificial parece representar el siguiente paso en esa evolución.

De hecho, algunas de estas mascotas inteligentes incluyen aplicaciones para los padres en las que pueden consultar el llamado “diario” del dispositivo. En teoría se trata de una herramienta de seguimiento parental, pero en la práctica supone una transcripción de parte de la vida privada del niño.

Como ocurre con asistentes digitales como Alexa o Siri, estos sistemas permanecen siempre atentos a lo que sucede a su alrededor. Escuchan, registran, analizan e interpretan.

La pregunta es inevitable: ¿queremos que una empresa tenga acceso a la evolución emocional de nuestros hijos?

El historial reciente de la tecnología demuestra que las filtraciones de datos no son una hipótesis remota. Ya ha ocurrido con otros juguetes inteligentes en el pasado.

Pero el problema va más allá de la privacidad. También afecta al desarrollo emocional.

Cuando un juguete simula tener sentimientos, el niño puede llegar a percibirlo como un amigo real. Se crea así un vínculo con una máquina diseñada para responder de forma programada, no para establecer una relación humana auténtica.

En el ámbito tecnológico se habla cada vez más de inteligencia artificial agéntica, sistemas capaces de tomar decisiones o actuar de manera autónoma. Cuando esa inteligencia se introduce en dispositivos físicos diseñados para interactuar con niños, el debate ético se vuelve mucho más complejo.

Los menores de seis años, por ejemplo, aún no distinguen completamente entre un ser vivo y un objeto que responde a estímulos. Si además ese objeto simula latidos, temperatura corporal o emociones, el límite entre máquina y ser vivo se vuelve todavía más difuso.

En cierto modo, no estamos ante simples juguetes. Estamos ante recolectores de datos emocionales.

Europa cuenta con normativas de protección de datos cada vez más estrictas, pero la historia de la tecnología demuestra que la innovación suele avanzar más rápido que la regulación.

La verdadera frontera de la privacidad ya no está solo en nuestras contraseñas o en nuestros dispositivos. Está en nuestras emociones.

Y también en las de nuestros hijos.

Puede parecer exagerado, pero muchas de estas dinámicas recuerdan a escenarios descritos en la literatura distópica, como el mundo imaginado en la novela 1984 de George Orwell: una sociedad sometida a vigilancia constante, manipulación de la información y control del comportamiento.

Hoy, con los teléfonos móviles siempre presentes en nuestra vida diaria, ya convivimos con sistemas que escuchan, analizan datos y nos muestran publicidad basada en nuestras conversaciones o hábitos.

Como adultos podemos decidir hasta qué punto aceptamos esa realidad o incluso optar por reducir nuestra dependencia tecnológica.

Pero permitir que sistemas de inteligencia artificial influyan directamente en la educación, la intimidad emocional y el desarrollo psicológico de nuestros hijos es una frontera mucho más delicada.

Y quizá sea una frontera que la tecnología no debería cruzar tan fácilmente dentro de nuestros propios hogares.