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LA ESPERA por Miguel Ávila Cabezas

La escena aparece vacía. Luz tenue. Suena la música del silencio a la vez que se intensifica el nivel lumínico hasta descubrir la presencia de los dos únicos personajes (A y B)

A: ¿Se sabe algo?

B: Nada. Aún nada.

A: Pero… Ya tendría que saberse algo. Hace más de dos días que se lo llevaron.

B: Lo sé. Pero ¿qué quieres que te diga? Nadie sabe nada.

A: Entonces, si nadie sabe nada, ¿qué estamos haciendo aquí?

B: Esperar.

A: Esperar dices. No tiene sentido. Tendríamos que ir a buscar a otro sitio. De seguro que allí sabrán algo.

B: Sí, llevas razón. Pero dime tú a mí a dónde podríamos ir a preguntar. La familia no sabe nada. Los amigos, menos. Y de los otros, quienes saben callan por precaución, por miedo. Entonces… ¿a dónde podemos ir?

A: Podríamos intentarlo al menos.

B: Sí, intentarlo. Pero… ¿dónde, en dónde, a dónde vamos y lo intentamos?

A: (Un tanto desazonado.) Donde, en donde y a donde sea. Habrá que ir a buscar hasta debajo de las piedras, si fuera preciso.

B: Debajo de las piedras, dices… Debajo de las piedras sólo vamos a encontrar cadáveres y entre los miles que hay de seguro que se encuentra el suyo.

A: (Sigue apesadumbrado.) No creo que a él también lo hayan asesinado. Lo de “debajo de las piedras” es… más de lo mismo: una simple y nada ocurrente metáfora. Yo lo único que digo es que hay que buscar por donde sea y en donde sea hasta que podamos dar con él. No sé… Habrá que buscar en hospitales, en… en comisarías, en los cuarteles, en las prisiones, en pisos abandonados, en casas de labor, en… en el campo, en la montaña, y en el fondo de los ríos y los mares también, si fuera preciso. En donde sea.

B: Deliras. Comprendo perfectamente tu estado de angustia, que es el mismo que yo padezco. Pero buscar en los lugares de los que hablas (incluidos el campo, el mar, los ríos y la montaña) es como pedir a gritos que nos lleven también a nosotros. Tú lo sabes igual que yo. Ellos están en todos lados. Y no desperdician la ocasión de descargar sus fusiles y sus pistolas sobre los otros, los diferentes, los vencidos. También nos llevarán a nosotros donde perpetran sus crímenes.

A: ¿También dices? ¿Por qué nos tendrían que llevar a nosotros si nosotros no hemos hecho nada?

B: ¿Que no hemos hecho nada? Para ellos no existe razón alguna que pueda justificar el no haber hecho nada. Ellos carecen de razón y de sentido. Se limitan a matar, entre otras razones porque les gusta y les aporta poder. Dime, ¿acaso él hizo alguna vez algo para dar pie a que se lo llevaran? Se llevan a quienes ellos quieren, sin reparar en ninguna otra cosa que no sea su ansia de venganza y su odio hacia todo lo que, para ellos, se encuentra al otro lado, y ese otro lado es, para ellos, las cunetas, las cárceles, los campos de concentración y las tapias de los cementerios. ¿Te parece poco?

A: ¿Y ahora qué?

B: Ahora nada. A esperar.

A: ¿A esperar? ¿Y cuánto tiempo hemos de esperar?

B: El que sea preciso. Una eternidad. La eternidad en la que nos encontramos tú, yo… y él.