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Granada, un corazón latiendo al ritmo de España

Por redacción MotrilDigital - 20 de julio de 2026Actualizado: 20 de julio de 2026

Reportaje Carlos Hermoso (Motril Digital)

Hay noches que no se miden por el reloj, sino por los latidos. Noches que se incrustan para siempre en la memoria de una ciudad. Granada vivió una de ellas cuando España doblegó a Argentina y conquistó su segundo Mundial. El pitido final no solo certificó un título. Fue el disparo de salida para una celebración descomunal, una explosión de orgullo colectivo que convirtió la ciudad en un inmenso abrazo.

La explanada del Palacio de Congresos llevaba horas latiendo con fuerza. Las dos pantallas gigantes instaladas por el Ayuntamiento —una orientada hacia la carretera de Armilla y otra hacia el río Genil— fueron el epicentro de una espera cargada de nervios, supersticiones y miradas clavadas en el césped a miles de kilómetros de distancia. Cada ocasión levantaba a la multitud; cada parada helaba la respiración. Hasta que llegó el instante definitivo. Entonces, el fútbol dejó paso a la historia.

Granada saltó por los aires.

Fue una invasión de alegría. Una riada humana descendió por avenidas y calles, ocupó plazas, glorietas y aceras sin pedir permiso. El tráfico dejó de existir para rendirse a una ciudad tomada por miles de gargantas que cantaban al unísono. La Gran Vía, Reyes Católicos, Recogidas, Puerta Real, Bib-Rambla o la Fuente de las Batallas dejaron de ser lugares de paso para convertirse en un inmenso estadio al aire libre. Allí no cabía un alfiler, pero sí un abrazo más.

Había niños que apenas alcanzaban a comprender la magnitud del momento y ancianos que sonreían porque volvían a sentir la emoción de los grandes días. Había familias enteras envueltas en banderas, cuadrillas de amigos abrazados como si el tiempo se hubiera detenido y cientos de visitantes que, sin ser españoles, acabaron contagiados por una felicidad imposible de resistir. Granada se reconoció aquella noche como una ciudad abierta, mestiza y hospitalaria, donde el fútbol fue únicamente el idioma común de miles de personas llegadas de todos los rincones del mundo.

También estaban los otros. Los que nunca miran un partido. Los que apenas distinguen un fuera de juego de un saque de esquina. Ellos también salieron a la calle porque entendieron que aquello iba mucho más allá del deporte. Había llegado una de esas escasas ocasiones en las que un país entero se mira al espejo y sonríe con el mismo gesto. Durante unas horas, las diferencias quedaron aparcadas y solo sobrevivió el sentimiento de pertenecer a una celebración irrepetible.

La Fuente de las Batallas volvió a hacer honor a su nombre. No libró guerras, sino que acogió una victoria. Miles de personas la rodearon entre cánticos, bengalas, bocinas y banderas que ondeaban como si quisieran tocar el cielo. Los coches avanzaban al paso de la multitud haciendo sonar el claxon sin descanso. Los balcones respondían con aplausos. Los bares rebosaban de brindis. Cada esquina tenía su propia fiesta y cada rostro contaba la misma historia: la de una felicidad desbordada.

Granada fue, durante unas horas, una ciudad sin fronteras. Nadie preguntó de dónde venía el que abrazaba a su lado. Bastaba con compartir una sonrisa, un cántico o una bandera. El fútbol había conseguido lo que pocas cosas logran: convertir a desconocidos en compañeros de viaje y a una multitud en un solo corazón.

La madrugada fue avanzando sin que nadie quisiera rendirse al cansancio. Las canciones siguieron rebotando entre las fachadas centenarias, mientras la Alhambra, eterna y silenciosa, contemplaba desde lo alto una de esas noches que acaban formando parte del relato sentimental de una ciudad. Cuando el alba comenzó a dibujar los primeros tonos sobre Sierra Nevada, todavía quedaban grupos celebrando una victoria que ya pertenecía a todos.

Porque hay triunfos que llenan vitrinas. Y hay otros que llenan plazas. El de España hizo ambas cosas. Pero en Granada, sobre todo, consiguió algo mucho más difícil: recordó que existen noches capaces de detener el tiempo, de borrar las distancias y de convertir una ciudad entera en un único, inmenso y atronador grito de felicidad.