EVACUANDO CONSULTAS por Miguel Ávila Cabezas
En escena vemos al MÁXIMO MANDATARIO (MM.) sentado en la taza del váter llevando a cabo lo que parece ser una mera necesidad fisiológica. Está concentrado en lo suyo, que no es otra cosa que en la lectura atenta de una revista del corazón. Lo sabemos porque la portada de la misma queda expuesta ante nuestra atenta mirada de espectadores.
MM.: (Para sí.) Anda que no se lo puse claro la última vez que nos vimos en la entrega del Premio Patriota del Año: “Joselito, te estás metiendo en camisa de once varas. Más temprano que tarde va a salir a relucir lo tuyo y te vas a quedar en cueros frente a la opinión pública. Haz como yo que, en su debido momento, hice una estratégica retirada y desde entonces aquí me tienes marcando el rumbo y determinando el destino de toda esa panda de gilipollas comunistas agrupados en torno a una palabra tan absurda como pretenciosa: humanidad. Humanidad mis cojones, Joselito”. Pues nada. Él erre que erre: que si no puedo controlarme, que si lo mío viene de familia y tú sabes, mejor que nadie, que contra la herencia (genética) poco o, mejor, nada se puede hacer; que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá. Reconozco que este Joselito, además de cantante mediocre, es peor amante. Mira que liarse a estacazos (nunca mejor dicho) con el servicio doméstico. En fin: leer para creer y que con su pan se lo coma, el muy truhan.
En este preciso instante llaman a la puerta del recoleto lugar.
MM.: ¿Quién es?
Desde fuera asoma temerosamente su cabeza el JEFE DE GABINETE (JG.)
JG.: ¿Da usted su permiso?
MM.: (Evidentemente enfadado.) A ver. ¿Qué es lo que quieres ahora? Siempre apareces en los momentos más inoportunos. ¿No ves que estoy evacuando consultas… con el señor Roca? (Se ríe estentóreamente de su propia gracia.) No te quedes ahí como un pasmarote y entra. (JG. entra y permanece a una discreta distancia de MM.) Dime. ¿Qué ocurre para que me importunes en mis meditaciones? Algo muy importante tiene que ser, porque si no…
JG.: Ya ha llegado.
MM.: ¿Que ya ha llegado? ¿Quién ha llegado?
JG.: El otro.
MM.: ¿Y quién es el otro si puede saberse?
JG.: El del Otro Lado.
MM.: Sé más explícito. Ahora no caigo quién pueda ser el otro del Otro Lado con mayúscula.
JG.: El Máximo Mandatario del Otro Lado (MM2).
MM.: (Iracundo.) ¿De qué Otro Lado y Máximo Mandatario, MM2, hablas? El único Mandatario que hay aquí, y fuera de aquí, hasta más allá del Océano Glacial Ártico, soy yo. ¿Cómo te atreves?
JG.: Disculpe, señor…
MM.: (Cortándolo en seco.) De “señor” nada, Majestad. Y con mayúscula, que no se te olvide.
JG.: Majestad, nada más lejos de mi intención el atreverme a hacer o decir algo que no sea del agrado de usted, digo de su majestad.
MM.: ¡Con mayúscula, inútil!
JG.: De su Majestad.
MM.: Así está mejor. Y dime, ¿qué dices que quiere el que está ahí afuera?
JG.: Hablar.
MM.: ¿Hablar? ¿Hablar conmigo? ¿Por qué y de qué?
JG.: Porque… dice que usted, digo su Majestad, lo había citado para hablar del reparto territorial.
MM.: ¿De qué reparto territorial quiere hablar el mastuerzo ese de ahí afuera?
JG.: Del del mundo.
MM.: (Estalla en una estruendosa carcajada.) ¡Ja! ¡Ja! ¡Y ja! Del… del… del… Te repites más que uno que tú y yo conocemos: otro imbécil de tomo y lomo que nunca supo nadar y guardar la ropa. Y así le va ahora.
JG.: No sé a quién se refiere, Majestad.
MM.: (Cansado del parloteo.) ¡Majestad po***s! Anda, dile que pase.
JG.: ¿Que pase? ¿Que pase ahora tal y como se halla su Majestad?
MM.: Sí, que pase ahora mismo. De aquí no me levantan ni con una grúa torre. Si quiere hablar de algo, que va a ser de nada, que pase ya. Y si no, que se vaya de vuelta por donde ha venido.
JG.: Lo que su majestad ordene.
MM.: ¡Con mayúscula te tengo dicho, imbécil!
JG.: Sí, disculpe. Lo que su Majestad ordene. (Sale.)
Transcurre un tiempo impreciso durante el cual MM. continúa hojeando la revista que ofrece en exclusiva un monográfico sobre “El picaflor insaciable”.
MM2.: (Entra sin llamar siquiera.) Pero… ¿qué haces ahí? No estarás…
MM.: Sí, estoy. ¿Qué quieres?
MM2.: ¿Cómo que qué quiero? ¿Ya no recuerdas que habíamos quedado en vernos para hablar de repartirnos el mundo?
MM.: ¿De repartirnos el mundo? ¿Qué mundo nos tenemos que repartir tú y yo? Creo que no vas en la buena dirección. El mundo del que hablas no es ni tuyo ni de nadie que no sea yo.
MM2.: ¿Pero… qué dices? ¡No te consiento…!
MM.: Sí, me consientes… por la cuenta que te trae. En consecuencia…
MM2.: Estás aliterativo y paronomásico.
MM.: ¡Estoy po***s!
MM2.: Entonces no quieres hablar, ¿no?
MM.: No. No quiero hablar. El mundo es mío y solamente mío.
MM2.: (Irritado.) ¡De eso nada! O llegamos ahora mismo a un acuerdo de colaboración y reparto equitativo o de aquí no me voy.
MM.: ¿A un acuerdo? ¿Que no te vas?
MM2.: No. No me voy.
MM.: Muy bien. Tú lo has querido. (Extrae del hueco de su pantalón una Luger P08 Parabellum y le descerraja dos tiros, uno detrás de otro.) Habrase visto, el muy capullo. Querer repartirse el mundo. Mi mundo.
Transcurre otro tiempo, si no impreciso sí indefinido, que viene a ser lo mismo. Llaman a la puerta.
MM.: ¿Quién es?
Desde fuera asoma temerosamente su cabeza el JEFE DE GABINETE (JG.)
JG.: ¿Da usted su permiso?
MM.: (Evidentemente enfadado.) A ver. ¿Qué es lo que quieres ahora?

