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EL MÁS RICO… por Miguel Ávila Cabezas

El tiempo marcha veloz e incontenible hacia su refugio que es el olvido. (Juan Eduardo Zúñiga)

Comparece en una escena vacía y en penumbra el más rico de todos los ricos a la par que el más avaro de todos los avaros que en el mundo real y literario han sido. Llamémosle D., por llamarlo de alguna manera. Que nadie se confunda: D. es D. y, como tal, solo hay uno: Él.

D.: (Al público inexistente.) No daré las buenas noches porque nunca ha sido rango mío de estilo ni de condición el que yo pueda dar algo sin recibir nada a cambio. Y, como estoy más que seguro de que ustedes no me devolverán el saludo, entre otras razones porque ustedes ya no existen para mí, me lo quedo todo: los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. Lo dice bien claro el refrán: “Quien guarda, siempre tiene”. Y a mí no hay hecho que más me guste, que más me reconforte y reconcilie conmigo mismo, y con el evasivo mundo en el que ustedes continúan batallando por sacar la cabeza de sus innumerables penurias, que guardar, guardar y guardar y no desistir nunca de la noble tarea que me fue asignada por el destino: la de acumular, sí, la de acumular sin medida ni pausa porque, qué quieren que les diga, cada cual, a su manera, intenta hacerse a su medida el traje de la existencia, y el mío supera con creces el tallaje alfabético y también el numérico. Bien es cierto que hablar aquí, y ahora, de existencia resulta un tanto pretencioso, sobre todo si tenemos en cuenta de que quien les habla, que soy yo y no quien me escribe, hace una eternidad que pasó al otro lado, a la dimensión cuántica en la que, como ustedes deben saber, nada se pierde sino que todo, todo sin excepción, continúa existiendo en otra realidad, tan consciente y consistente como ésa en la que ahora ustedes se debaten entre el ser y la nada. Sí, céntimo a céntimo, privación tras privación, rechazo tras rechazo, conseguí en vida reunir una ingente fortuna. ¿Qué fue lo que hice con ella? Ya lo he dicho más arriba: guardarla. Sí, guardarla porque tenerla frente a mí y contemplarla con el arrobo de quien lo hace con, por ejemplo, un recién nacido, sobre todo si es hijo suyo, significaba sin duda el summum de la paz y la seguridad, el refugio inexpugnable de alguien que desde el primer minuto ya era sabedor de lo único que convenía a su posición y perspectiva cosmológica: su YO, así en mayúscula, porque en él, en su insaciable YO, se concentraba el sentido y la razón de ser, y estar, del universo. Sin mí, el universo no hubiera existido, ni existiría. Por eso lo quise acaparar, hacerlo completamente mío y no dejarle a los demás ni siquiera un átomo de su infinitud. Evidentemente no lo conseguí. Entonces me faltó tiempo para hacerlo, lo que no ha impedido que, tras mi anterior partida (no la última, por supuesto), ante mí se haya desplegado la eternidad sin límites que me permita alcanzar tan ansiado objetivo. Se preguntarán dónde tengo guardado mi patrimonio, el que logré atesorar en vida, es decir, en la otra, aquella de la que vengo. Confieso que, aunque a simple vista no pudiera parecerlo, pues nada traigo, nada de él queda a la vista, mi patrimonio se halla a buen recaudo. Pero… ¿dónde?, insistirán, si cuando uno se va lo hace tan desnudo como cuando llegó. ¿Dónde? No se asombren de mi respuesta: siempre estuvo conmigo pues no dejé de vigilarlo ni un segundo, ni en vida ni después de muerto. ¡Lo tenía siempre aquí (se señala contundentemente la cabeza), y aquí, por los siglos de los siglos, lo mantendré seguro, sin contraseñas, sin cortafuegos, sin software ni hardware, ni vigilantes de seguridad porque la clave para entrar en esta cueva de Alí Babá (vuelve a señalar con fuerza su cabeza) solamente la conozco YO, y nadie más que YO! (Silencio.) ¿Que soy un narcisista dicen? ¿Cómo se les ocurre tamaño despropósito? ¿Y quién no lo es acaso? ¿Quién cuando se mira al espejo no se ve a sí mismo…, se quiere a sí mismo… se acepta a sí mismo? ¿Quien tiene carencia de autoestima, de valoración propia no lo es? ¿Un loco también: el hombre duplicado tampoco lo es? La palabra “carencia” no se encuentra registrada en el diccionario de mi vida. ¿Y hombre duplicado? ¿Qué es eso de “duplicado”? ¿Dos personas en una resumidas a la hora del reparto? Ni en sueños. Sepan que mi espejo soy YO y no hay ni habrá nadie que pueda arrebatarme lo que en universal justicia es mío y sólo a mí me corresponde. Y si las comparaciones son odiosas, más odioso es aún el hecho de que me quieran ustedes comparar con un Félix Grandet, un Harpagón o un Ebenezer Scrooge. Ellos, y tantos otros como ellos puestos en el escaparate de los libros, nunca existieron, no son reales, son tan sólo… humo, entes de ficción que se manifiestan como un inútil reflejo de las ocultas ambiciones de quienes los concibieron. No sé si me explico correctamente. Y si no es así, pues qué le vamos a hacer. No todos tienen por qué poseer el alcance necesario para entender lo que se presenta de manera tan simple como evidente. En fin, ver para creer y leer para no saber. Termino. No se agobien que ya termino. Para llegar a donde yo he llegado hace falta toda la convicción, perseverancia y fortaleza de ánimo de las que ustedes carecen por completo. Tiempo al tiempo. Lo dicho: sin gratuitas despedidas. (A nadie del público.) ¿Y tú qué miras, imbécil?