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CENA DE NAVIDAD por Miguel Ávila Cabezas

El centro de la escena aparece ocupado por una mesa rectangular con cuatro sillas equidistantes en relación a cada uno de sus cuatro lados. La mesa es mesa en sí. Esto es, no hay nada en ella que no sea el propio tablero sostenido por las patas de rigor. Casualmente es Navidad. Por el fondo entran progresivamente los comensales con una diferencia de unos cuantos segundos entre uno y otro… y otra. Son, de momento, tres y aleatoriamente cogen asiento en los laterales y en el lado frontal del público, y… aguardan. Los identificaremos por las iniciales de sus nombres: J., P. y M. El tiempo se detiene y el silencio ocupa el ámbito arropado por una luz tenue.

J.: De nuevo, y para no variar, nuestro queridísimo marqués se retrasa. Y van…

P.: (Mirando su reloj de pulsera, marca Casio por supuesto.) Tampoco será para tanto cuando únicamente llevamos aquí cinco minutos. Además, para las 10 faltan todavía tres minutos y… cuarenta y dos segundos. Bueno, ya cuarenta… segundos.

M.: Tú también tienes unas cosas con esto de la medida del tiempo. Mira que eres tiquismiquis. ¿Dónde te fue a parir mamá? ¿Donde se encuentra la barra esa de platino e iridio? (A J.) Es en París, ¿no?

J.: (Saca el móvil y consulta.) Sí. (Lee.) Concretamente en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, en el Pabellón de Breteuil, Ubicado en Sèvres, en las afueras de París.

P.: Ya te vale también a ti con la Wikipedia de las narices. Vamos, que, si algún día pierdes el móvil, con todo lo que tiene dentro, te daría, como mínimo, un brote sicótico de esos que tanto se llevan últimamente.

J.: Ya empezamos. Y acabamos de llegar. No te voy a decir yo a ti lo que pienso de la mierda de plástico que llevas pegada a tu muñeca izquierda. De seguro que la compraste en un chino, antes, incluso, de que los chinos existieran.

P.: Esa “mierda” que dices es uno de los mejores relojes que se hayan hecho. Y, aunque sea, sí, de plástico, nada tiene que envidiar al falso Rolex que llevas en tu muñeca derecha, junto con la patriótica pulsera.

J.: ¿Qué insinúas? ¿Acaso me estás llamando…?

P.: Sí, te estoy llamando lo que perfectamente tú sabes que eres.

M.: (Interrumpiendo enérgicamente el conato de guerra civil.) ¡Vale ya! ¡Tengamos la fiesta en paz! Esta noche no hemos venido a discutir ni a tirarnos los trastos a la cabeza. Hemos venido a lo que hemos venido: a celebrar, como siempre, la cena de Navidad.

J.: Y, como siempre, pasa lo de siempre. Evidentemente.

P.: (A J., con expresión de complicidad.) Déjate de jueguecitos de palabras y vayamos al grano. ¿Por qué no llamas al “marqués” como tú dices? Lo mismo se retrasa porque ha tenido en el camino algún contratiempo.

J.: No sería de extrañar habida cuenta de que llevamos cinco años esperándolo desde que cayó con su coche por aquel barranco. Cinco años, cinco cenas, cinco nadas con él.

M.: (Alarmada.) ¿Qué es eso del barranco y los cinco años? ¿Qué es eso?

J.: Seamos claros. Eso es que él no va a venir nunca ni nosotros estamos aquí, (mira al público) aunque a algunos les parezca que sí.

P.: Eso es que, cuando ocurrió aquello, todos íbamos en el mismo coche.

M.: ¿El que…?

J.: Sí, el que se precipitó al fondo de un barranco de más de trescientos metros. Y como comprenderás…

P.: Nadie salió ileso…

J.: …sino todo lo contrario.

P.: ¿Lo pillas?

M.: ¡Ah! Pues no había caído en la cuenta, pero ahora que lo dices creo recordar que, tras mi muerte, me sobrevino un episodio de profunda amnesia del que parece que todavía no me he recuperado.

P.: Crees recordar después de muerta que padeces de amnesia. También tú…

M.: Por cierto, y hablando de amnesia, ¿y el marqués? ¿Qué fue del marqués?

J.: Siempre se retrasa. Lo lleva haciendo cinco años seguidos, uno detrás de otro.

M.: Pues vaya.

J.: Eso dijimos todos mientras caíamos al abismo: Pues vaya.

M.: ¿Incluido el marqués?

P. Ese, el primero. Era quien conducía.

M. y J.: (Al unísono.) ¡Ah!