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AJUSTE DE CUENTAS por Miguel Ávila Cabezas

En la escena, vacía, se encuentran el EGO (E1.) y el ALTER EGO (E2.)

E1.: Tenemos que hablar.

E2.: ¿Hablar? ¿Y de qué tenemos que hablar?

E1.: De que lo nuestro no puede continuar así.

E2.: ¿“Lo nuestro”? ¿Así? ¿Qué es “lo nuestro” y “así” según tú?

E1.: (Molesto.) Todo. “Lo nuestro” y “así” es que no pasa un día de mi vida sin que me arrepienta y me lamente de tantas cosas que nunca tuve el valor de llevar a cabo y también de las que hice o dejé de hacer.

E2: ¿Y qué tengo yo que ver con las inconcretas cosas a las que haces referencia? Además, ¿qué cosas son esas?

E1.: Todo. Son todo. Tú eres quien continuamente me echa en cara mi inconstancia, mi torpeza y, sobre todo, mi cobardía. Que sepas que en este barco remamos los dos en la misma dirección.

E2.: ¿Barco? ¿Barco dices? ¿Qué barco es ese?

E1.: Qué barco va a ser. El de mi vida.

E2.: ¿El de tu vida? ¿Y el de la mía quién lo maneja?

E1: (Dubitativo.) Tú… Yo… Quiero decir los dos… ¿No? Tu vida es mi vida.

E2.: (Enojado.) ¿Mi vida? ¿Tu vida? ¿Qué juego de palabras te traes entre manos? ¿Acaso pretendes confundirme? Dime: ¿A dónde quieres llegar?

E1.: Yo no quiero llegar a ningún sitio. Lo único que quiero es que me comprendas. Y no lo haces.

E2.: Un momento. Para el carro, y ya que estamos en lo que estamos, pongamos las cosas en su sitio. ¿De qué me acusas?

E1: De no ser empático conmigo. De no ponerte en mi lugar en los momentos difíciles, de no apoyarme cuando me asaltan la duda, el miedo y la incertidumbre.

E2.: “Empatía”. Es nada más oír esta palabra y de inmediato se me revuelven de ira las pocas neuronas sanas que me van quedando por tu culpa. Vas por la vida mirando siempre al suelo o al cielo, pero nunca de frente como las personas cabales. Y así te ha ido, te va y te irá si te empeñas en no hacer lo que deberías hacer.

E1.: (Pesaroso.) ¿Y qué tendría que hacer, según tú?

E2.: Entrar en razón y seguir mis consejos. ¿Cuántas veces te he dicho no hagas esto, haz lo otro, continúa por aquí, no vayas por allí, decídete y dile lo que sientes? Pero tú… nada. Te ha podido siempre la desidia, el temor al ridículo o la aprensión al rechazo. Y así te va. No me extraña en absoluto el desprecio tan enorme que sientes por ese que te mira y al que tú no quieres ver cuando te enfrentas ante el espejo.

E1.: Ya no lo hago.

E2.: ¿El qué?

E1.: Mirarme al espejo.

E2.: Lo hagas o no es igual, tú sigues siendo tú por más que procures obviarlo. ¿O es que acaso piensas que gozas del don de la invisibilidad? ¡Despierta ya de una vez por todas y actúa con determinación y criterio! ¡Sal de ese personaje que no tiene nada que ver contigo! ¡Intégrate!

E1.: ¿Y tú? ¿Te integras tú?

E2.: ¿A qué viene esa absurda pregunta? ¡Por supuesto que me integro, imbécil! ¿Dónde crees que me encuentro ahora?

E1.: Completamente fuera de mí.

E2.: ¿Fuera de ti? ¿Tienes el descaro de decirme que yo estoy fuera de ti? ¿Estás seguro de lo que dices? ¡Vamos, responde!

E1.: (Abatido, rompe a llorar.) No lo sé. No sé nada. No sé quien soy y aún menos quién eres tú. Estoy tan confuso…

E2.: En vista de las circunstancias, quizás lo idóneo para ambos sería que nos separásemos provisionalmente y nos tomásemos un periodo de reflexión. ¿Quién no te garantiza que en ese tiempo podemos llegar a conocer a alguien que se compenetre con cada uno de nosotros mejor de como tú y yo lo hemos hecho?

F1.: Pero entonces me quedaré solo y no sabré qué camino tomar.

F2.: No vayas de víctima y asume la realidad. Tú y yo somos incompatibles. Además, todo cambio requiere de una ruptura previa. ¿Te sientes preparado?

F1.: No lo sé, pero no tengo otra opción. Así que por intentarlo que no quede.

F2.: Estoy plenamente de acuerdo. Hay que intentarlo. Tienes que ser fuerte.

F1.: (Con la mirada fija en el suelo.) Lo seré. Sí, seré fuerte.

F2.: Pues entonces lo dicho. Adiós.

F1.: Que sea mejor un “hasta luego” que un “adiós”.

F2.: Como quieras. Hasta luego pues.

F1.: Sí. Hasta luego pues.

Vase cada cual por su lado.

F2.: (Para sí, mientras se está yendo.) ¡Uff! Por fin me he librado de él. ¡Qué coñazo de tío!